lunes, 6 de junio de 2011

El filósofo y el lenguaje (II)




Autor: Nelson Duque Quintero

El siglo XXI puede ser el siglo de las tecnologías, la informática y la cibernética. Pero el siglo XX ha sido “el siglo del lenguaje” y la invención de lenguajes para los avances científicos, el conocimiento del funcionamiento de las sociedades y el descubrimiento de la estructura del lenguaje humano.

Sin lugar a duda las actuales tecnologías han acelerado la comunicación humana global hasta tal punto que sentimos que el tiempo pasa con una velocidad creciente.

Pero, regresando a un pasado de grandes interrogantes voy acudir en esta ocasión a san Agustín y a Ludwig Wittgenstein a propósito de sus reflexiones sobre el lenguaje y el concepto de “tiempo”.

Agustín se pregunta en las Confesiones: “¿Qué es, entonces, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé, y si trato de explicárselo a quien me lo pregunta, no sé”. Por medio del lenguaje se está preguntando, nada más ni nada menos, que por el carácter “temporal” de la experiencia humana, como buscando las características de las experiencias temporales que nos brinda el análisis del lenguaje.

El uso cotidiano de éste nos lleva a decir, sin que seamos capaces de explicarlo, que el tiempo “es”. A lo cual un argumento escéptico dirá que “el tiempo no tiene ser, puesto que el futuro no es todavía, el pasado ya no es y el presente no permanece”, simplemente, pasa. Sin embargo, en nuestro lenguaje decimos que muchas cosas sucederán, el pasado ya se fue y que el presente es fugaz, como si no tuviéramos conciencia de cada instante.

En filosofía se afirma y argumenta que esta es una paradoja ontológica, como cuando hablamos del tiempo y del clima, y “sin duda, lo entendemos cuando lo mencionamos y lo entendemos también cuando oímos a otro que lo dice”, aunque “en cuanto al presente, si siempre fuese presente y no pasara, no sería tiempo, sino eternidad” (Confesiones).

Paradoja que cuestiona, e interroga con desespero, al lenguaje en cuanto nos permite hablar de muchas cosas y nos limita la comprensión de la realidad. Por ejemplo, ¿qué entendemos por la expresión “el tiempo todo lo cura”?, o, ¿”hay que darle tiempo al tiempo”?, ¿a qué se refiere: “todavía no”?, o, “no siempre es así?” ¿Cómo se puede medir lo que no es? ¿Qué se mide cuando se “mide” el tiempo?

Sin embargo, afirmamos que el lenguaje es una estructura humana que nos permite decir que el tiempo es largo o que el tiempo es breve o qué rápido pasan las horas. Cuando usted observa el reloj, ¿qué mira: el reloj o el tiempo presente o la hora futura que jamás vendrá? Parece un rasgo característico del tiempo humano el no saber qué es. Por tanto, ¿qué es lo que no sabemos?

A través de la pregunta por el tiempo y por su naturaleza nos hemos dirigido a escudriñar la estructura del lenguaje y de los diversos lenguajes simbólicos, científicos, animales y de la naturaleza universal cósmica. “Quien no tenga a la vista la multiplicidad de juegos de lenguaje quizás se vea inclinado a preguntas como ésta: ¿Qué es una pregunta? - - ¿Es la constatación de que no sé esto y aquello o la constatación de que el otro me dijera?” (Wittgenstein).

Vía: cronicadelquindio.com

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