miércoles, 18 de mayo de 2011

Foucault, ser homosexual





“Debemos empeñarnos en devenir homosexuales y no obstinarnos en reconocer que lo somos”.


Agosto es el mes de la muerte de uno de los mas importantes filosofos de toda la historia y mas aun del siglo XX. A casi 25 años de su muerte, el nombre de Michel Foucault se hace presente cuando se habla de la condición gay, cuando se construye el pensamiento queer o cada vez que se piense que el sexo no es una fatalidad. Por eso me parece interesante reproducir algo de la edicion del viernes 8 de agosto del sumplemento SOY de Página/12, donde invitan a una serie de investigadores y cientificos a dar su vision de lo que represento Foucault, en la comunidad homosexual (o gay si prefieren), para las luchas y reinvindicaciones de derechos, para la militancia, hoy en dia donde es casi una moda "ser gay".
Por Javier Ugarte

Falleció en 1984, a los cincuenta y siete años de edad, víctima del sida. En su juventud le había costado mucho aceptar que era homosexual a causa de la atmósfera represora de la posguerra, cuando la policía realizaba redadas y los estudiosos consideraban esa orientación como un desequilibrio de la personalidad (o algo peor). Foucault, una de las primeras víctimas del VIH, no vivió su decaimiento como un problema público –como tuvieron que hacer quienes lo sufrieron en la década de los noventa–, porque en la primera mitad de los ochenta enfermar del virus aún no se había convertido en una razón para el estigma. Para él se trató de una enfermedad desconocida, pero limitada al ámbito privado.

En esa diferencia entre los años ochenta y los noventa se encuentra una razón para comprender lo que, en perspectiva, parece una sorprendente falta de compromiso con los colectivos lgbt. Indirectamente, Foucault colaboró con los objetivos de estos grupos al denunciar el carácter arbitrario del poder (represivo a la vez que productivo) y mostrar las múltiples fuerzas que se encuentran detrás de la sexualidad; los dirigentes lgbt de la época hubieran deseado contar con una colaboración más explícita por parte de quien era escuchado y respetado en múltiples foros. Aunque militó en varios frentes (contra el poder psiquiátrico, la institución carcelaria...), se echó en falta su apoyo a las demandas homosexuales.

La segunda razón se relaciona con su concepción del poder y la política. No dudó, en sus años finales, en apoyar acciones puntuales contra la represión y las medidas de gobierno que consideraba injustas; se lo vio en la calle junto a personas de las que se encontraba distanciado en el pasado, como Sartre y Simone de Beauvoir. Por otro lado, su trabajo no puede entenderse sino como genealogía de los poderes constituidos y las fuerzas que nos conforman (comprobación técnica: a un foucaultiano se le reconoce cuando, al margen de su seguimiento del autor, se esfuerza en indagar las estructuras que nos hacen anhelar lo que deseamos). Es probable que las demandas del colectivo lgbt se encontraran en un término medio en que le resultaba difícil moverse: ni tan difusas como para realizar una genealogía ni tan cercanas como para firmar un manifiesto, ya que en su madurez había contemplado el fin de la represión pero los grupos de la época, en la felicidad del momento, no habían comenzado a reivindicar derechos políticos.

Para conocer nuevas demandas habría que esperar al sida y los problemas que conllevó: menores de edad que se veían separados de su otro/a padre/madre porque su único tutor legal había fallecido; adultos que se veían desposeídos de una propiedad comprada en común porque la familia de su pareja exigía su herencia legítima; personas hospitalizadas sobre cuya vida nada podían decidir sus parejas, etc. Se trataba de cuestiones tan comprometidas en la vida cotidiana que, ante la inhibición de los gobernantes, a menudo fueron los jueces quienes establecieron jurisprudencia a favor de los homosexuales.

Falleció en ese período bisagra en el que los poderes públicos no habían tenido tiempo de crear toda una simbología estigmatizadora, “cáncer rosa” se le llamó en una época en la cual la mayoría de los contagiados y fallecidos lo eran por vía heterosexual (piénsese en toda el África subsahariana) o parenteral (España, Italia). Si en algunos países la principal vía de transmisión fueron las relaciones entre varones (notoriamente, en Estados Unidos y Gran Bretaña), en el nivel mundial se trataba de una cuestión secundaria, ya que su enorme extensión en África muestra que ninguna práctica ni grupo de población permanece ajeno a él. Por eso, la información que propagaron las autoridades durante mucho tiempo y que permitía hablar de “grupos de riesgo” –en lugar de “prácticas de riesgo”– era deshonesta por sesgada (queda bastante de ello cuando se prohíbe que los homosexuales donen sangre).

El filósofo tuvo la desgracia de morir demasiado joven, en relación con lo que suele durar una carrera académica y con lo que hubiera podido aportar a las luchas homosexuales de haber contemplado su despliegue político en los años noventa. Foucault falleció en una época en que el sida era una enfermedad silenciosa; poco tiempo después, llegó a ser tronante. Es probable que, de haber vivido en mitad de la tormenta, nos hubiera dejado oír su voz sobre los problemas homosexuales.
Foucault escribe, en el Uso de los Placeres, que los griegos no oponían, como dos elecciones diferentes, el deseo homosexual al deseo heterosexual. Era más importante, a la hora de juzgar la fortaleza moral de un hombre, si era temperante y dueño de sí mismo tanto con hombres como con mujeres: “ Tener costumbres relajadas – explica Foucault en la obra citada- era no saber resistirse a las mujeres ni a los muchachos, sin que lo uno fuera más grave que lo otro”. Lo que hacía que un hombre deseara a una mujer o a un hombre era la atracción que la naturaleza le había implantado en su corazón hacia todo lo que fuera bello. O sea, la Grecia de la antigüedad era una sociedad permisiva.


Por Rubén H. Ríos (Escritor, periodista y filósofo)


Está claro que el pensamiento de Foucault sólo se refirió a la homosexualidad como una figura más del dispositivo de sexualidad organizado en Occidente entre los siglos XVII y XIX. La investigación foucoultiana del poder, que toma como modelo la carta estratégica de la guerra, al interrogar los sistemas del saber que se ocupan del “sexo”, se encuentra con la prolífica familia de los perversos en el nudo de mecanismos psiquiátricos, médicos y policiales. En principio, lo que ha interesado a Foucault, en esta producción de sujetos por técnicas implementadas por un poder-saber de características disciplinarias, es el “giro estratégico” que realizan los homosexuales hacia finales del siglo XIX al aceptarse como tales dentro de ese dispositivo. Como él ha expresado, no ha escrito para el movimiento gay, y sin embargo se ha dirigido a éste a través de entrevistas y reportajes con el propósito de inducir una nueva conversión estratégica de la homosexualidad a partir de un “arte de vivir”, de una ética-estética que tiene sus raíces en la Antigüedad pagana.

En la teoría del poder de Foucault, el movimiento de liberación gay no está al margen del gran dispositivo científico de la sexualidad de fundamentos biologistas, sino, por el contrario, ha surgido de la revolución sexual como emergencia de la “hipótesis represiva” postulada por el psicoanálisis y la izquierda freudiana desde los bordes de ese mismo dispositivo del poder burgués. No es que, en el análisis de Foucault de las sociedades modernas, no se registre la represión del “deseo sexual” por parte de las redes del poder, pero circula en segundo orden. El concepto foucaultiano de poder responde a un principio productivo (produce lo real, la “verdad”) y, de este modo, más que reprimir o prohibir, es un poder que penetra en los cuerpos y los constituye según un tramado táctico-estratégico que determina el campo social. La historicidad de estas relaciones de poder es tan radical que provoca la ilusión de la existencia –aparte de estas relaciones– de algo natural llamado “sexo”, “sexualidad”, “deseo sexual”, cuando en realidad ha sido producido por un poder-saber que a la vez que lo introduce, en la misma operación, lo reprime.

Por eso, para Foucault, la liberación sexual (heterosexual u homosexual) supone una prolongación por otros medios del dispositivo de sexualidad, en el cual éste obliga a los sujetos a “liberar” justamente aquello –el “sexo”– que el dispositivo anteriormente ha producido en ellos. Se trata entonces, en esa politización del sexo que ensaya Foucault, de que los homosexuales abandonen los modelos científicos y psicológicos instituidos por la modernidad y, en un segundo “giro estratégico”, se produzcan a sí mismos y a su propio deseo sobre la base del modelo ético-estético del “cuidado de sí” tomado de las antiguas tecnologías de subjetivación. Desde luego, Foucault sabe que no es posible trasladar sin modificaciones ese “arte de vivir” del mundo grecorromano a las sociedades contemporáneas, pero lo considera una apuesta del gayness para desactivar la producción de sujetos por parte del dispositivo de sexualidad y despojarse así de las éticas cotidianas que sostienen el orden político-económico abierto por la burguesía.
or Carlos Figari (Doctor en sociología, investigador del CONICET/UNCA)

Para Foucault la experiencia de la heterosexualidad moderna tiene dos momentos: en primer lugar el “cortejo” del hombre a la mujer, en una segunda instancia el sexo. Como la prohibición que históricamente pesó sobre los homosexuales nunca les permitió elaborar una forma de cortejo, su experiencia se concentró en el acto sexual y en su intensificación. Por ello los gays tendrán formas diferenciadas de relacionarse y respecto de una frase de Casanova que rezaba: “El mejor momento del amor es cuando subimos las escaleras”, Foucault le contraponía otra para el caso gay: “El mejor momento del amor es cuando el amante se está yendo en el taxi”. “Es el momento cuando ya se realizó el acto y el muchacho se fue, y comenzás a recordar el calor de aquel cuerpo, el encanto de su sonrisa, el tono de su voz...” Lo que sería verdaderamente importante en la homosexualidad no es la anticipación del acto sino el recuerdo del mismo.

Foucault manifestaba un gran entusiasmo por lo imprevisible de las relaciones que podrían llegar a ser creadas en el mundo de las sexualidades periféricas. Pero también percibía, con su acostumbrada agudeza, que no era la perfomatización de lo femenino ni aun lo sexual lo que causaba escándalo –ni lo que sería perturbador o subversivo–, sino la “forma de vida gay”. La posibilidad de desarrollar “relaciones intensas y satisfactorias” que no encajen en los moldes usuales del heterosexismo: “Lo que muchas personas son incapaces de tolerar es la posibilidad de que los gays sean capaces de crear tipos de relaciones no previstas hasta ahora”.

Los aportes de Michel Foucault al campo de los estudios gay-lésbicos y a la teoría queer son incuestionables, aunque intentar situarlo es una impostura que él mismo nos cuestionaría: “No, no estoy donde ustedes tratan de descubrirme sino aquí, desde donde los miro riendo”.

La homosexualidad y la cuestión gay fueron unos de los temas recurrentes en sus escritos y declaraciones. Tal como lo demuestra en la entrevista publicada por la revista Gai Pied en 1981, donde el lúcido pensador analiza el potencial creativo y perturbador de la condición homosexual como un modo de vida por inventarse y no sólo como una identidad impuesta en la espiral del deseo.

“Hay que hacer aparecer lo inteligible sobre un fondo de vacuidad y negar una necesidad, y pensar que lo que existe está lejos de llenar todos los espacios posibles. Plantear un verdadero reto ineludible con la pregunta: ¿a qué podemos jugar y cómo inventar un juego?”.

Vía: Andercismo

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