martes, 31 de mayo de 2011

Bernard-Henri Lévy, el filósofo que se codea con los poderosos



Este controvertido intelectual es cercano a Sarkozy y dice haber sido amigo de Mitterrand.

por Marcela Fuentealba

El pelo cuidadosamente crecido y la camisa estudiadamente abierta (hecha a la medida por el elegante camisero Charvet): la figura de Bernard-Henri Lévy (1948), uno de los intelectuales más populares de Francia, no sólo es conocida por las provocadoras palabras que publica en la prensa. Aparece en televisión continuamente, siempre buenmozo, recibe comisiones del gobierno en países como Afganistán o Libia, y publica libros a cada rato, gran parte de ellos dedicados a filosofar sobre el estado del mundo, aunque también ha especulado sobre Baudelaire, de quien se siente heredero, o sobre Althusser, Foucault o Lacan, a quienes considera sus maestros. Es, en realidad, una marca registrada que solo puede existir en la bien pensante Francia. Lo llaman BHL, pero sus detractores le dicen BHV, el nombre de una cadena de grandes tiendas que vende de todo.

"Intimo de poderosos, bañado desde la infancia en una riqueza obscena, es emblemático de lo que algunas revistas de baja estofa siguen llamando 'izquierda-caviar'. Filósofo sin pensamiento, pero no sin amistades, es además el autor de la película más ridícula de la historia del cine", le escribe Michel Houellebecq en Enemigos públicos (Anagrama), un extenso epistolario entre dos autores tan populares como denostados.

Desde que reporteó la guerra de Bangladesh a fines de los 70, BHL ha escrito sobre Sarajevo, Angola, Colombia, Afganistán o Israel, país que defiende sin tregua bajo la advertencia de dar una solución a Palestina. En el camino, se transformó en consejero político y activista de derechos humanos. Hace poco fue a Bengasi y convenció a Nicolas Sarkozy de apoyar la causa rebelde de Libia.

Una mala película

Puntualicemos a Houellebecq. BHL figura en la lista de los cien millonarios de Francia. Heredó de su padre, judío nacido en Argelia, una industria de madera que le ha permitido ser un bon vivant eterno. BHL está cerca de los poderosos: Mitterrand fue su padrino de boda y Sarkozy es su amigo hace tres décadas. Pero dice que no ha estado con ningún gobierno: "Lo primero que hice con la victoria de Mitterrand fue entrar en la oposición.

Igual con Sarkozy". La declaración sorprende: Mitterrand lo designó jefe de la comisión de subsidios para el cine francés. Con ese cargo se otorgó fondos para dirigir Le jour et la nuit, un dramón de guerra con metafísica incluida, con Alain Delon y Arielle Dombasle, la guapa y rubia esposa de BHL. La crítica fue implacable.

BHL se hizo famoso en los 70, cuando destacó entre el grupo de "nuevos filósofos", con André Glucksmann. Eran liberales de izquierda, críticos de mayo del 68, anti marxistas a favor de las libertades individuales expresadas en la cultura del consumo. Su postura contingente interesó a una figura de peso como Philipe Sollers. "¿Puede un filósofo tener influencia directa en los hechos? Sí, si se trata de Bernard-Henri. Un intelectual enérgico que no sigue tendencias comunistas ni fascistas es un hecho por sí mismo". Sus argumentos postulan que el mal se ha instalado en nuestros tiempos en la forma del racismo, totalitarismo o terrorismo, y que hay pensamiento para combatirlo. Sus críticos son más despiadados. Nicolas Beau y Olivier Toscer, en el libro Une imposture francaise, lo retratan: "Un filósofo que nunca ha enseñado nada en ninguna universidad, un periodista que arma cócteles que mezclan la verdad, lo posible y lo totalmente falso, un cineasta del pastiche, un escritor sin obra, es el ícono de una sociedad dominada por los medios en la cual la apariencia pesa más que lo esencial. BHL es ante todo un gran comunicador, un promotor del único producto que realmente sabe vender: él mismo".

Su última cruzada ha sido articular un discurso para renovar a la izquierda, que comienza con una dura crítica al actual presidente: "Sarkozy hizo una campaña de extrema derecha sobre la necesidad de que Francia deje de arrepentirse por los crímenes cometidos durante el régimen de Vichy y el colonialismo. Un país que no tiene vergüenza es un país perdido. Se puede perdonar, pero no olvidar. La vergüenza es un gran sentimiento humano", declaró. Y la semana pasada alertó sobre el caso Strauss-Kahn: "El había empezado a poner en marcha unas reglas del juego menos clementes con los poderosos, más favorables con las naciones proletarias. Su arresto ha tenido lugar a unas horas de la reunión en la que iba a defender la causa de un país, Grecia, que él creía poder poner en orden sin ponerlo de rodillas".

Que siempre tiene cosas qué decir, nadie puede ponerlo en tela de juicio. Pero tampoco cuesta mucho darse cuenta de que es un genio del oportunismo mediático.

Vía: latercera.com

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