lunes, 1 de agosto de 2011

Jean-Paul Sartre: El filósofo de la acción y la libertad






Se vinculó inicialmente a la fenomenología, como revelan sus primeros ensayos. Con su novela “La Náusea” (1939) aparecieron, sin embargo, enfoques que definirían un campo filosófico propio hacia el existencialismo, filosofía que reivindica la libertad individual como la fuente de la dignidad humana. En “El ser y la nada” (1943) definió la conciencia como “nada”, opuesta al “ser” y ajena a todo determinismo. Pero en “El existencialismo es un humanismo” (1946) se concentró en la libertad como herramienta para la lucha política contra la injusticia. Vinculado al PC francés, se alejó tras la invasión a Hungría. Su autobiografía “Las palabras” le valió el Nobel en 1964, que rechazó. Piezas como “A puertas cerradas” aún marcan un camino en el teatro de hoy.

La figura de Sartre

Hombre de estatura pequeña –un metro, cincuenta y siete centímetros, documenta su biografía– y altísima incidencia en los debates de su tiempo, Jean-Paul Sartre concentró todos los atributos que definían el valor de un intelectual. Intentó una filosofía singular; fue a la guerra, animó la Resistencia; enseñó en La Sorbona; escribió una preciosa obra narrativa y teatral; adhirió al comunismo, a la Revolución Cubana, al maoísmo; ejerció la crítica literaria con minucia y talento notables, y alentó las revueltas del 68. Hasta su particular relación de pareja con Simone de Beauvoir parecía el ensayo público de un modelo alternativo al amor burgués. “La figura de Sartre –escribió Jean-Luc Nancy– concentra de manera saliente los aspectos esenciales de un tiempo de duda, oscilación y decisión, sobre el cual giró el curso de la praxis filosófica del siglo XX. Y con él, la relación de este siglo con su propia historia, sus posibilidades y sus exigencias”. Sin embargo, el pensamiento de Sartre aparece hoy eclipsado por la fuerza de la militancia y de las palabras pronunciadas a viva voz (“quiso cambiar el mundo –seguía Nancy–, pero no llegó a percibir cómo el mundo y el pensamiento se transformaban”), que ponen en duda su vigencia y su valor.

A raíz de la Segunda Guerra Mundial, concretamente en 1945, se reveló en la literatura francesa un pequeño pero interesante grupo de escritores nuevos. Tomemos esto, si se quiere, como una compensación de las numerosas pérdidas, quebrantos y crisis que la guerra europea suscitó. “Cuando estalle la paz”, decían algunos ya en las vísperas del final, previendo los numerosos problemas y conflictos que surgirían, y entre los cuales no fue el menor el de la “guerra fría”, o sea el trueque en hostilidades de lo que poco antes, por imperativos de la lucha ideológica, y frente al enemigo común, habían dado la sensación de una alianza permanente.

Entre esos escritores nuevos a que he aludido hay que destacar, en primer término, los nombres de Jean-Paul Sartre, Albert Camus, Simone de Beauvoir y el filósofo Maurice Merleau-Ponty. Su primer órgano de expresión, el punto donde aparecieron congregados, fue la revista “Les Temps Modernes”. De todas las figuras nombradas, la más importante o de obra más trascendente ha sido la de Sartre. Claro es que para justificar esta prioridad habría que anotar, en primer término, la boga extraordinaria alcanzada en aquellos años por la tendencia filosófica existencialista, que, según se ha señalado unánimemente, no es invención de Sartre, puesto que tiene sus raíces más inmediatas en la fenomenología de Husserl y en el existencialismo personal de Heidegger.

Antecedentes del existencialismo

Aunque no sea mi propósito en estas páginas abordar de lleno el existencialismo, la comprobación más absoluta de que esta escuela no es propiamente una creación de Sartre, insistamos, puede hacerse fácilmente limitándonos a citar un libro de Emmanuel Mounier, “Introducction aux Existentialismes”. En una página de dicha obra, el mencionado autor traza un cuadro muy amplio con antecedentes minuciosos de los orígenes del existencialismo. A este fin diseña un árbol genealógico. Sus raíces, de izquierda a derecha, se llaman: Sócrates, los estoicos, San Agustín, San Bernardo; su base está formada por Pascal y, un poco más arriba, por Maine de Biran; el tronco lo ocupa todo Kierkegaard; en el arranque de su copa se extiende la fenomenología; y en el despliegue o follaje de aquella se alargan numerosas ramas que van, empezando por el lado derecho, desde el protestante Kart Jaspers, el movimiento personalista del propio Mounier, y el católico Gabriel Marcel, hasta los rusos Soloviev, Chestov y Berdiaef, la rama judía de Martin Buber y la protestante de Kart Barth; luego, en el centro, Max Scheler, Landsberg, Péguy, Bergson, Blondel y La Berthoniére, para terminar, a la izquierda, con un brazo aparte que arranca de Nietzsche, llena el mayor espacio con Heidegger y remata en un gajo con Sartre.

Si el genealogista hubiera sido un crítico de otro país, no tan ombliguista como suele serlo un francés, hubiera incluido los nombres de Unamuno, Ortega y Antonio Machado.

Aunque nuestro propósito actualmente no sea internarnos en la explicación o contenido del existencialismo –ya que ese propósito es completamente distinto, a limitarnos a comentar las novelas y el teatro de Sartre– no podemos dejar de recordar cierta expresión de Paul Foulquié cuando afirma que la historia de la filosofía pudiera sintetizarse en dos direcciones capitales: esencialismo y existencialismo, inscribiendo en la primera como hito originario el nombre de Platón y como término el de Husserl y los fenomenólogos. Pero pasa que ya en este esencialismo fenomenológico están incursos y se imbrican ciertos elementos de la segunda dirección, pues en definitiva las esencias de Husserl no existen en sí, de modo separado, como tipos ideales de cosas posibles.

¿Acaso se trata de un movimiento literario? No; corresponde contestar categóricamente: ni sus orígenes ni sus propósitos últimos encajan en el plano literario. Ahora bien, restaría por examinar la estación intermedia: sus medios. Y en este punto aparecen muy visibles sus conexiones con lo literario, con aquella literatura que se pretende aparentemente bordear o rebajar, pero en la cual, de hecho, el existencialismo se inserta y halla su más sonoro portavoz, cuando no frecuentemente su expresión más lograda. ¿Por qué? Porque la interacción entre pensamiento y vida, así como también las interferencias entre filosofía, o al menos determinada concepción del mundo, y literatura, se han hecho sus últimos años más acusadas que nunca.

Diversos testimonios –aparte los empíricos– formulados por Simone de Beauvoir, por Sartre, inclusive por una figura algo lateral al existencialismo, como Albert Camus, lo demuestran. “El pensamiento abstracto –escribía el último de los nombrados (“El mito de Sísifo”, 1946)– reencuentra al fin su soporte carnal. Así también, los juegos novelescos del cuerpo y de las pasiones se ordenan según las exigencias de una visión del mundo. Ya no se cuentan ‘historias’; se crea un universo. Los grandes novelistas son novelistas filósofos, es decir, lo contrario de los escritores de tesis. Así Balzac, Sade, Melvilla, Stendhal, Dostoievsky, Proust, Malraux, Kafka… La elección que hacen, al escribir con imágenes, más que con razonamientos, revela cierto pensamiento que les es común, persuadidos como están de la inutilidad de todo principio de explicación y convencidos del mensaje que enseña que posee la apariencia sensible. Consideran la obra de arte como un fin y como un comienzo. Es la consecuencia de una filosofía inexpresada, su ilustración”.

Las palabras de Sartre

Desde luego, el existencialismo es fundamentalmente una doctrina filosófica. Sin embargo, ¿cabe acaso considerarle asimismo, dados sus medios expresivos y sus repercusiones más notorias, como una escuela, como un movimiento literario? Durante algún tiempo, al promediar la década del 40, pudo parecer que sí, pero no tardó en demostrarse la inanidad de tal supuesto. Como quiera que –diríamos, sin gran hipérbole– Francia no puede vivir sin escuelas literarias, en el vacío que siguió a la guerra quiso llenarse el hueco dejado por el superrealismo con los primeros actos y ademanes del existencialismo sartreano. Pero se confundió la cáscara con la almendra. Se tomó cierta aureola pintoresca, la pululación anecdótica y la fauna más o menos amoral que poblaba entonces los cafés y las “caves” de Saint-Germain-des-Prés y aledaños, por la representación viva de un “modo” literario. Los flecos de tal ornamento cubrieron durante algún tiempo el verdadero rostro del existencialismo. El absurdo, la nada, el pesimismo, la ruptura total de convenciones no fueron tanto expresiones “literarias” como epifenómenos de una época de guerra, terror y demoliciones físicas, a la par que morales. Con todo, resultó curioso observar cómo una doctrina, “la menos escandalosa, la más austera, destinada estrictamente a técnicos y filósofos” (según palabras del propio Sartre), suscitan tales revuelos y equívocos. Cierto, en última instancia, que una cosa es la doctrina, a cuya entraña no es tan hacedero llegar, y otra cosa la representación que todos alcanzan de un mundo sacudido, de unos personajes turbios como los que viven en las ficciones existencialistas.

Ahora bien, dejemos a un lado, por el momento, todo lo referente al existencialismo de Sartre y sus corifeos. Con razón Simone de Beuavoir fue la primera en señalar, seguida luego por numerosas opiniones coincidentes, que el existencialismo se halla más explícito, cobra cuerpo tangible y se extiende mejor en las obras de imaginación que en las de pura especulación filosófica. Esto se advierte en forma inequívoca en las novelas y en el teatro de Sartre.

En cuanto a los inevitables datos biográficos de Sartre habremos de limitarnos a cuatro rasgos esenciales. Nació en París el 21 de junio de 1905; se graduó en la Escuela Normal Superior en 1924; en 1929 obtiene la licenciatura en filosofía. Profesor en Le Havre de 1931 a 1933. Fue luego becado en el Instituto Francés de Berlín donde estudió a Husserl y Heidegger. De 1934 a 1939 enseña filosofía en Le Havre, Laon y Neuilly. Movilizado en 1939, fue hecho prisionero el 21 de junio de 1940, y liberado en 1941 pasa al servicio de sanidad. Reanudó su actividad de profesor en Neuilly, luego en el liceo Condorcet. Participó activamente en la Resistencia. Dejó la enseñanza en 1945, año de la fundación de “Les Temps Modernes”, y se consagró desde entonces a su obra filosófica, literaria y teatral.

Los demás datos biográficos de nuestro autor constan en el primer tomo de su autobiografía, que se titula “Las palabras” (1963). En sus páginas nos cuenta detalladamente sus antecedentes familiares y sus primeros estudios, aunque solo llegue a sus años de adolescencia. De ascendencia universitaria, el abuelo era profesor. En su familia figura un hombre ilustre, el famoso Albert Scweitzer. Vivió, pues, desde los primeros años entre libros (igual que Borges), de suerte que “las palabras” constituyeron su verdadero ambiente familiar. No hemos de dar más detalles de este libro y sí al contrario recomendar su lectura, ya que en definitiva se trata de la mejor obra, considerada literariamente, la más puramente escrita, y aún burilada, de toda la bibliografía sartreana.

Un adelantado: Benjamín Fondane

Un acto de justicia es recordar aquí –por lo mismo que habitualmente se le olvida– no a un antecesor, pero sí a uno de los adelantados del existencialismo, situado en aquel vértice donde se encuentran filosofía y poesía. Me refiero al escritor rumano de expresión francesa Benjamín Fondane, muerto como resistente en un campo de concentración nazi. Por algo se le llamó “découvreur avant la lettre de l’existentialisme” –en Francia, se entiende–, y testimonio último de su consagración a estos temas es el ensayo póstumo, tan penetrante y original, sobre “El lunes existencial y el domingo de la historia” incluido en el volumen colectivo “La existencia” (1945), que asimismo recoge los textos de Albert Camus, Jean Grenier, Etienne Gilson, etc. La actitud mental de Fondane pudiera señalar, a mi ver, tanto un punto de confluencia como de bifurcación entre ciertas corrientes que se habían dado ya lo mejor de su zumo hacia 1930 –el superrealismo, en primer término–, y aquellas otras que tímidamente trataban de abrirse paso en la sombra, con el existencialismo, a raíz de las primeras traducciones de Kierkegaard. Del primer movimiento, Fondane retenía ciertas aportaciones capitales, la disconformidad contra el mundo racional, la apelación al subconsciente; del segundo, adelantaba ciertas confusas nociones, como la desconfianza en el idealismo, la tendencia a cargar el acento en lo pasional y subterráneo del espíritu. Pero todo ello visto a través de su maestro León Chestov, de la lucha emprendida por este filósofo (su libro capital en este sentido: “La filosofía de la tragedia: Dostoievsky y Nietzsche”, 1926) contra las evidencias que la necesidad nos coacciona a aceptar, y de su esfuerzo por perforar, según sus palabras: “la segunda dimensión del pensamiento”, cuya inmediata perspectiva son “las revelaciones de la muerte”. Por lo demás, el preexistencialismo de Fondane, no menos que en Chertov y Kierkegaard, se apoyaba en Dostoievsky, el de las “Memorias del subsuelo”. Y su desazón, al buscar un modo de conocimiento más flexible que el metro rígido de la razón, lindaba, a la vez, lo supiera o no, con el desasosiego de nuestro Unamuno.

El absurdo y la nada

Volviendo ahora a las novelas de Sartre, en primer término a “La náusea”, su existencialismo puede traducirse en el comportamiento del héroe Antoine Roquentin; queda corporizado en la angustia, sinónimo en la ocurrencia de náusea, de insensibilización ante el mundo, experimentado como un vacío y una desolación. Correlativamente puede significarse en el tedio. Súbitamente los objetos familiares pierden consistencia y su identidad; las palabras no ocultan ya las cosas que –escribe Jolivet– “liberadas de sus nombres se nos presentan testarudas, gigantes en su materialidad cualquiera y absurda”. Advertimos que, en el fondo, en la existencia, nada hay estable, sino lo que nosotros hemos moldeado en ella. “Y a causa de este deslizamiento –o vértigo– caemos perpendicularmente en la náusea”. Por lo demás, agregar que Roquentin, el protagonista, y casi el único personaje de esta novela tan despoblada y fantasmal, tan deliberadamente escasa de peripecias externas como rica en alusiones insignificantes, es una suerte de esquizofrénico, no explica gran cosa. La náusea que experimenta ante el mundo mediocre que le rodea no es física, sino metafísica. Es el sentimiento –insistiremos– de la existencia como un vacío donde lo vital se aniquila y donde, contrariamente, las formas inorgánicas de la materia asumen, al ser contempladas con frialdad y desprendimiento, una presencia fascinante. Cuando el protagonista de dicha novela contempla la raíz de un castaño, en un jardín público, y tiene la iluminación de lo que quiere significar “existir”, su soliloquio desemboca naturalmente en lo absurdo. “La palabra absurdo –escribe después, recapacitando– nace ahora de mi pluma; hace un rato, en el jardín, no la encontré, pero tampoco la buscaba, no tenía necesidad de ella; pensaba sin palabras, en las cosas, con las cosas. El absurdo no era una idea en mi cabeza ni un hálito de voz, sino aquella serpiente o garra de raíz o garfios de buitre, poco importa. Y sin formular nada claramente, comprendía que había encontrado la clave de mi existencia, la clave de mi náusea, la clave de mi propia vida. En realidad, todo lo que pude comprender después se reduce a este absurdo fundamental”. Y a continuación hace una serie de digresiones sobre lo absurdo, considerándolo como algo relativo en el mundo de los hombres, a pesar de lo cual él había tenido, al contemplar hipnotizado aquella raíz nudosa, la esperanza de lo absoluto, sinónimo de absurdo.

Para Roquentin, la existencia no es la necesidad; existir es estar ahí simplemente; los existentes aparecen, no se dejan encontrar, pero nunca puede uno deducirlos.

La obra capital de Sartre en el género novelesco, al menos superiormente ambiciosa de intenciones, es “Los caminos de la libertad”, cuyos tres tomos publicados se denominan, respectivamente, “La edad de la razón” (1944), “El aplazamiento” (1945) y “La muerte en el alma” (1948), sin olvidar que aparecieron algunos fragmentos del cuarto tomo titulado “La derniére chance”, aunque no se hayan recogido en libro.

Asimismo, dada la magnitud de “Los caminos de la libertad”, junto a su multiplicidad de acciones y personajes, no es posible intentar nada parecido a una síntesis descriptiva. Exteriormente viene a ser una crónica novelesca contemporánea: comienza cuando la guerra de España, en julio de 1936. En el primer tomo, la presunta libertad que pretenden corporizar sus personajes se queda en flojedad de carácter y turbiedad moral. Basta recordar que el eje de la acción es un aborto.

El segundo tomo, “El aplazamiento”, tiene como fondo los días de Munich, la breve tregua, antes de la guerra de 1940. La crónica de las jornadas políticas cobra un primer plano de interés, un sentido unanimista, acentuándose el conflicto entre la “situación” y la “libertad”, y mostrando –glosa Marill Alberés– que “el individuo, por libre que sea en sí mismo, está condicionado por lo que sucede en el mundo y depende de los acontecimientos que en el mundo ocurren”. Luego –consecuencia de un determinismo tan previsto como ineludible– siempre podemos hacer lo que queremos, pero no de manera absoluta; “solo en relación con un problema que no podemos eludir”.

El tomo siguiente, “La muerte en el alma”, es la crónica de la derrota y la huida. Las peripecias se multiplican más que en ningún otro, pero solo alcanzan relieve y cierta grandeza en el capítulo final, cuando el protagonista, subido en un campanario, dispara con su fusil contra los cañones y los tanques del ejército invasor, lleno de saña, queriendo vengar con cada disparo un fracaso de su vida.

El hombre se crea en su esencia –dice Sartre–, se elige a sí mismo y decide sin puntos de apoyo ni criterios preestablecidos. Por ello, es libre. Esta libertad es, sin embargo, una condena. El hombre no puede no ser libre. La angustia, precisamente, nos revela nuestra condena a la libertad. El hombre, en definitiva, es acción. Libertad y acción caminan juntos. Y Jean-Paul Sartre era un hombre de acción, libre y comprometido al mismo tiempo.

Armando Almada-Roche
armandoalmadaroche@yahoo.com.ar

Vía: abc.com

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