miércoles, 20 de julio de 2011

La amistad en Aristóteles



I

En la filosofía clásica la distinción entre la inteligencia y la voluntad se toma de la distinta intencionalidad de sus actos. La intencionalidad de los actos intelectuales es por semejanza, mientras que la de los actos voluntarios apunta a lo otro. Según la semejanza se conoce la verdad, y según la alteridad se tiende al bien.

Los bienes se dividen en medios y fines. No es inconveniente admitir que los medios son cosas, por más que sea preferible decir que son obras producidas por la acción, que es un acto voluntario. Queda por determinar qué se entiende por bienes finales. A mi juicio, el bien que tienen razón de fin es la persona; por lo pronto, las personas humanas. Por eso no tiene nada de extraño que la ética aristotélica conceda especial atención a la virtud de la amistad. Platón se ocupa de la amistad en el diálogo Lisis, y desarrolla su teoría del amor en el Banquete. En el Lisis, Sócrates dice que la amistad descansa en el amor y se regula por la virtud. El amor de amistad debe ser recíproco, por lo que lleva consigo correlación de libertades: hay que velar por el bien del amigo. Expondré a continuación el sentido ético de la amistad y la relacionaré con el amor cristiano.

Aristóteles dedica los libros VIII y IX de la Ética a Nicómaco al estudio de la amistad (philia — al menos una vez habla de ágape — ). Afirma, desde el principio, que se trata de una virtud o que va acompañada de virtud, y estima que es lo más necesario (anakaiotaton) para la vida. Sin amigos nadie querría vivir, aunque poseyera los demás bienes, porque la prosperidad no sirve de nada si se está privado de la posibilidad de hacer el bien, la cual se ejercita, sobre todo, respecto de los amigos. Asimismo, en los infortunios se considera a los amigos como único refugio. Resumo los pasajes en que Aristóteles precisa estas dimensiones de la amistad:

“La presencia de los amigos en la buena fortuna lleva a pasar el tiempo agradablemente y a tener conciencia de que los amigos gozan con nuestro bien. Por eso debemos invitarlos a nuestras alegrías porque es noble hacer bien a otros, y rehuir invitarlos a participar en nuestros infortunios, pues los males se deben compartir lo menos posible. Con todo, debemos llamarlos a nuestro lado cuando han de sernos de ayuda, y recíprocamente está bien acudir de buena voluntad a los que pasan alguna adversidad aunque no nos llamen, porque es propio del amigo hacer bien, sobre todo a los que lo necesitan y no lo han pedido, lo cual es para ambos más virtuoso. De todos modos, no es noble estar ansioso de recibir favores, por más que igualmente hemos de evitar ser displicentes por rechazarlos”[1].

“Los amigos se necesitan en la prosperidad y en el infortunio, puesto que el desgraciado necesita bienhechores, y el afortunado personas a quienes hacer bien. Es absurdo hacer al hombre dichoso solitario, porque nadie querría poseer todas las cosas a condición de estar sólo. Por tanto, el hombre feliz necesita amigos”[2].

Los hombres, aun siendo justos, necesitan la amistad; y los hombres justos son los más capaces de amistad. La amistad es, además de necesaria, bella. Por eso se alaba a los que aman a sus amigos, e incluso se equiparan los hombres buenos a los amistosos. A continuación, Aristóteles expone tres clases de amistad. En cada una de ellas se da la reciprocidad; sin algún tipo de reciprocidad, la amistad es imposible. Por eso sería ridículo desear el bien del vino; sólo se desea que se conserve para tenerlo. Ha de tenerse en cuenta que el vino es un bien medial.

La primera clase es la amistad perfecta, que se da entre los hombres buenos e iguales en virtud, ya que éstos quieren el bien el uno del otro en cuanto que son buenos, y son buenos en sí mismos (khat-autó). Esta clase de amistad es la más permanente. Con todo, estas amistades son raras porque tales hombres son pocos y, además, requieren trato, pues sin él, no cabe el conocimiento mutuo. El deseo de amistad surge rápidamente, pero la amistad no.

La segunda clase de amistad es la de aquellos que se quieren por interés, o no por sí mismos, sino en la medida en que se benefician en algo los unos de los otros. La tercera clase de amistad es la de los que se quieren por el placer. Por tanto, en los que se quieren por interés, la amistad obedece al propio bien; y en los que se quieren por el placer, a su propio gusto. En estos casos, la amistad se subordina a los bienes mediales. En suma, estos dos tipos de amistad son imperfectos, y por eso fáciles de disolver: cuando ya no son útiles o agradables el uno para el otro, la amistad desaparece.

La reclamaciones y reproches son propias de la amistad por interés. En cambio, en la verdadera amistad no se dan. Por eso, el que aventaja al amigo en el beneficio prestado, no se lo echará en cara, ya que los dos procuran el intercambio de bienes. De las dos últimas maneras pueden ser amigos entre sí hombres malos, porque los malos no se complacen en sí mismos si no existe la posibilidad de algún provecho o placer.

En la primera clase de amistad se defiende al amigo de las acusaciones, porque no es fácil creer lo que otro diga de un amigo, a quien uno mismo ha tratado durante mucho tiempo. Además, en los buenos se da la confianza mutua y la imposibilidad de agraviarse, y los demás requisitos de la verdadera amistad. En cambio, en los otros tipos de amistad hay una mezcla con algún mal, por lo que, en rigor, lo son sólo por analogía.

La virtud del amigo consiste en querer. Por eso los aduladores no son verdaderos amigos, ni tampoco los que buscan el propio provecho. Como el querer es una actividad (enérgeia), la amistad es más excelente en los seres humanos más activos.

A partir de aquí, Aristóteles examina de qué manera los distintos regímenes políticos favorecen o degradan la amistad. Por otra parte, al hombre bueno su intelecto le proporciona en abundancia la contemplación. Por eso, el hombre bueno es concorde con sus amigos y busca su compañía, pero también puede pasar algún tiempo consigo en tanto que contempla, aunque después, por la efusión que comporta la amistad, se lo comunique al amigo.

La esencia de la amistad reside en el compartir, en el conversar y en el compenetrarse. En ella el hombre se encuentra en la misma relación respecto al amigo que consigo mismo. Por eso Aristóteles sostiene que el amigo es otro yo, idea que repite Cicerón. Son incompatibles con la amistad la adulación, la zalamería y el servilismo, pues son contrarios al amor a la verdad.

En definitiva, la amistad se cifra en un crecimiento moral que es facilitado por las acciones conjuntas a las que ordena. Los actos de esta virtud consisten en cooperar. La cooperación implica la igualdad, que es característica de la amistad: la intención de otro se incrementa en tanto que es común, de manera que los amigos se ayudan en dicha tarea, y no sólo en remediar las situaciones desgraciadas.

Estas averiguaciones de Aristóteles son muy relevantes. Señalaré los siguientes extremos. En primer lugar, que la verdadera amistad destaca el bien que se encuentra en la persona humana como bien final. Al hombre se le quiere porque es bueno, y el bien se quiere porque es humano. El hombre malo no es capaz de amistad verdadera. Es incapaz de complaceree en el bien y de apreciarlo en otro, porque tampoco es capaz de apreciarse a sí mismo como bueno, ya que no lo es. Su intención de otro es deficitaria porque no es ratificada por él mismo.

En segundo lugar, aclarada la reciprocidad de la amistad, se muestra que la philia comporta una autophilia legítima. Si el amigo es otro yo, también uno mismo es un yo. Las cavilaciones de Martín Buber sobre la relación yo-tu, y de Emmanuel Levinas sobre el otro no añaden nada nuevo, e incluso son menos equilibradas que la postura aristotélica.

El quererse a sí mismo se suele llamar egoísmo. La postura de Aristóteles en este asunto es muy neta: se censura a los que se aman a sí mismos más que a nadie, y se les da el nombre de egoístas como si ello fuera vergonzoso. El hombre de baja condición lo hace todo por amor a sí mismo, y tanto más cuanto peor es; por eso, se le reprocha que no hace nada ajeno a su propio interés. En cambio, el bueno obra por el honor, y más cuanto mejor es, o por causa de su amigo y deja a un lado lo que le concierne; el mejor amigo es el que quiere el bien de aquél a quien quiere por causa de éste. Pero esto puede aplicarse mejor que a nadie a uno mismo, porque cada uno es el mejor amigo de sí mismo; por tanto, debemos querernos sobre todo a nosotros mismos[3].

Aristóteles aclara la cuestión del egoísmo atendiendo a los bienes que se quieren. El egoísmo de los malos consiste en asignarse a sí mismo la mayor cantidad de riquezas, honores y placeres corporales. Los codiciosos de estas cosas procuran satisfacer sus deseos, y en general la parte irracional de su alma. Como esto ocurre con frecuencia, el epíteto de egoísta ha adquirido un sentido peyorativo, porque en su mayor parte el amor a sí mismo es malo. Ahora bien, es claro que si alguien se afanara siempre por practicar la virtud, o por seguir el camino del honor, no se le llamaría egoísta ni se le censuraría. Pero un hombre así es más amante de sí mismo que el malo: se apropia de los bienes más altos y satisface a la parte principal de sí mismo. Por eso será también amante de sí mismo en más alto grado que el que es objeto de censura, y tan distinto de éste como lo es el vivir de acuerdo con la razón del vivir de acuerdo con las pasiones y el aspirar a lo que es virtuoso sin reducirse a lo que parece útil. Como es claro, si todos rivalizaran en realizar las acciones mejores, las cosas de la comunidad marcharían como es debido.

En suma, el hombre bueno debe ser amante de sí mismo, porque de esta manera se beneficia a sí mismo y, a la vez, será útil a los demás. En cambio, el malo no debe serlo, por que con ello se perjudica a sí mismo tanto como al prójimo. También es verdad, que el hombre bueno hace muchas cosas por causa de sus amigos y de su patria, hasta morir por ellos si es preciso. Y preferirá vivir noblemente un año a vivir muchos de cualquier manera. También se desprenderá de su dinero para que tengan más sus amigos; el amigo tendrá así dinero y él tendrá gloria. Por tanto, él escoge para sí el bien mayor[4].

Es claro que Aristóteles se inspira en Sócrates, según lo presenta Platón en el Górgias: la acción buena beneficia más a quien la ejerce que al beneficiado por ella, y la acción mala perjudica más a quien la lleva a cabo que a la víctima.

En suma, la medida de la ética se encuentra en la virtud y en el hombre bueno. La amistad es recíproca porque reside en querer. Comparado con el querer, ser querido es pasivo; por consiguiente, sólo si los amigos son activos, la amistad existe. Si el amigo se limita a esperar beneficios, la amistad desaparece. En su lugar aparecería la filantropía. Por eso, Tomás de Aquino, sostiene que el que ama pretende no tanto al amado como su amor. Y ello hasta el punto de que si el amor no es recíproco se extingue[5].

El hombre sólo puede amarse a sí mismo si es bueno; el hombre malo no se complace en sí mismo si no existe la posibilidad de algún provecho, que en rigor es diferente de él, pues lo que aprovecha es un bien medial. Pero sólo si el hombre es bueno, su intención de otro es completa. Por eso dice Aristóteles que la amistad va acompañada de virtudes, y sin ellas no es posible.

II

La amistad cristiana contrasta con el sentido pagano de la amistad, que era exclusivista: se amaba al amigo y se odiaba al enemigo. También para Aristóteles los amigos son pocos. A esto conviene añadir que Aristóteles no ve que se pueda ser amigo de Dios, porque la amistad es entre iguales. De ahí concluye que el amigo no quiere para el amigo los bienes mayores, porque si el amigo se endiosara dejaría de serlo.

El Evangelio de la caridad sorprendió a los paganos, pues lleva consigo la hermandad de espíritu de acuerdo con la filiación divina. Sin embargo, la caridad cristiana, que eleva la amistad, debe recoger también las características que le son propias.

Tomás de Aquino sostiene que la amistad es una virtud. Conoce muy bien la Ética a Nicómaco, a la que comenta pausadamente de un modo casi literal, pero sostiene también que la amistad y la caridad son diferentes. Por eso, en la Suma Teológica, en rigor, no se habla de la amistad sino de la caridad[6].

Las virtudes aristotélicas tienden a la felicidad natural. En cambio, el hombre cristiano persigue la felicidad perfecta, la cual no es posible sin el respaldo del amor de caridad.

Con todo, la caridad no puede dejar de lado la amistad; ante todo, porque Jesucristo nos hizo sus amigos. Por ser la caridad enteramente universal, pues hay que amar también a los enemigos, no se confunde con la amistad humana, a no ser como mera disposición, pues no cabe ser amigo de todos. Ahora bien, si se prescinde por completo de la amistad y se reduce el amor de los cristianos a la fraternidad, ésta puede perder operatividad y resultar insulsa.

Aunque esta apreciación no sea propia de los paganos antiguos, ha sido formulada por los críticos modernos del cristianismo. Cuando la caridad se enfría, suele incurrir en rigidez, y pierde su jugo vital o se reduce al sentimiento de filantropía. La filantropía se dirige a la humanidad en general, es decir, a una abstracción. Por eso está sujeta a crisis, como se advierte en los moralistas escoceses desde David Hume, y también en Augusto Comte. Ante estos casos, a la crítica moderna no le falta razón. Sin embargo, está dirigida a una caricatura de la verdadera caridad.

Por lo pronto, la caridad cristiana apunta al destino eterno del hombre y no sólo a la felicidad en esta vida. Pero, además, perfecciona la amistad humana. Esto se desprende de la descripción que hace San Pablo de esta virtud: “la caridad es longánime, es benigna; no es envidiosa, no es jactanciosa, no se hincha; no es descortés, no busca lo suyo, no se irrita, no piensa mal; no se alegra de la injusticia, se complace en la verdad; todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo tolera”[7].

Glosando este texto, cabe decir que son dimensiones de la amistad la fidelidad y la lealtad; tales dimensiones manifiestan su constancia. A ellas hay que añadir la sinceridad, el respeto, la generosidad y el afecto. La sinceridad es hablar sin rodeos y con confianza, así como disentir sin hipocresía y abrir libremente el propio interior: esto se llama franqueza. La generosidad lleva consigo el no reparar en los pequeños defectos que todos tenemos, y conduce a conceder un amplio crédito al amigo.

La veracidad también es una dimensión de la amistad, que la vincula con la libertad, y es incompatible con la constricción. Pero al amigo no se le deja sólo si incurre en errores de cierta gravedad, sino que se le corrige. En este sentido la amistad tiene un valor pedagógico. En efecto, el amigo es otro yo. La corrección es una apelación a la sindéresis del amigo, cuya luz es incompatible con los errores graves, sobre todo en el orden del querer. En suma, corregir al amigo es una muestra de la elevación de la prudencia y de la justicia como virtudes que acompañan a la amistad.

La prudencia es correctora de los actos voluntarios que miran a los medios. Por su parte, la corrección justa tiene carácter penal. En cambio, la corrección amistosa intenta directamente restablecer la limpidez de la conducta del amigo. Enlace

Notas

  1. Aristóteles, Ética a Nicómaco, IX, 1171 b 14-25.
  2. Aristóteles, Ética a Nicómaco, IX, 1170 a 13-17.
  3. Aristóteles, Ética a Nicómaco, IX, 1168 a 28-35; 1168 b 1-14.
  4. Aristóteles, Ética a Nicómaco, IX, 1168 b 15-35; 1169 a 1-37
  5. Tomás de Aquino, Suma contra los gentiles, III, 151.
  6. Andrés Vázquez de Prada, Estudio sobre la amistad, Rialp, Madrid, 1975, p. 68.
  7. San Pablo, Epístola I a los Corintios, 13, 4-7.

Vía: www.iterhominis.com

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