Alain Badiou y el 15-M: “una modificación brutal de la relación entre lo posible y lo imposible”.

En su sesión del 25 de mayo de 2011 de su seminario “¿Qué significa cambiar el mundo?”, el filósofo francés Alain Badiou hace alusiones directas al movimiento 15-M y aporta algunos conceptos y juegos de distinciones altamente precisos, pertinentes y orientadores para pensar lo que (nos) está pasando.

Heidegger, el enemigo filosófico número 1.

Una reflexión crítica sobre el pensamiento de Martín Heidegger y su compromiso político.

Michel Onfray Filósofo aquí y ahora [Documental subtitulado]

Documental del canal Arte, realizado en 2008 sobre la vida del filósofo.

La actualidad de Karl Marx [Podcast]

Jean-Philippe Jáze. Profesor-investigador del Departamento de Filosofía de la Facultad de Humanidades, UAEM, nos habla de la importancia del pensamiento de Karl Marx.

Esbozo histórico de la filosofía mexicana del siglo XX.

Un recorrido por los más importantes pensadores de la filosofía mexicana.

Sartre: "La edad de las pasiones". [Película con subtítulos en español]

Película en dos partes hecha para la televisión francesa en donde se aborda la vida de Sartre y su inseparable compañera Simone de Beauvoir en medio de la rebelión en Argelia, la oposición en contra de De Gaulle y su vida amorosa, pasando por su visita a Cuba y Rusia y sus manifestaciones políticas..

Foucault por sí mismo [Documental con subtítulos en español]

Documental que ofrece un panorama de algunos de los temas principales sobre los que reflexionó Michel Foucault a lo largo de su vida. Este panorama se construye a partir de las propias palabras del autor, puesto que el documental en su totalidad está conformado por la ilación de fragmentos de declaraciones de Foucault, de algunos de los cursos que dictó y de citas de sus textos.

Zizek! El documental [Subtitulado en español]

Documental Zizek! realizado por Astra Taylor y protagonizado por el escritor y académico conocido en todo el mundo como “el Elvis de la teoría cultural”, el esloveno Slavoj Zizek, donde se explora su trabajo y excéntrica personalidad.

lunes, 5 de septiembre de 2011

Heidegger, una fotografía



Arturo Leyte


Quizás sólo sea posible una fotografía de Heidegger, excluida una película que recogiera su argumento de forma completa. Pero esta situación plantea un incómodo dilema al lector: ¿con qué fotografía quedarse? Las hay diversas: el serio catedrático de universidad; el deslumbrante joven profesor que iluminaba posiciones políticas extremas, alimentando por igual a teólogos y revolucionarios; el seductor de deslumbradas estudiantes; el impostado nazi; el afectado personaje con corbata que jugaba a campesino; y envolviendo a todas, finalmente, el mítico filósofo. La vista simultánea de todas esas fotos produce una distorsión reflejada en la última instantánea, la que conjuga el carácter mítico con el de filósofo. Verdaderamente, ¿puede ser mítico un filósofo? En esa mezcla se encuentra quizás la anomalía que resulta ya inseparable del nombre Heidegger y que se resume en los siguientes términos: el personaje se ha antepuesto a su obra. De ahí justamente su éxito, que frecuentemente hace de su obra un ornamento más de su exótica figura, a veces grande y a veces ridícula. La aproximación a Heidegger se encuentra así contaminada de antemano por un éxito viciado, resultado de mezclar una extremada lucidez y un estilo intencionadamente ambiguo. Cuando el discurso filosófico sobre el ser, siguiendo la tradición de Aristóteles, Kant y Hegel, viene también acompañado por una grandilocuencia y una llamada afectiva a transformar la historia, el pensamiento se desliza inaparente pero ineludiblemente hacia la profecía. Tampoco se puede descartar que el constante tránsito de la gravedad de la pregunta filosófica fundamental a la aparatosa retórica en la que se mezcla el retorno a un ingenuo primitivismo con la llamada a un nuevo futuro, se encuentre ya inicialmente al servicio de una auto-redención que viniera a rescatar de su desgracia al filósofo caído para conducirlo a su aura heroica, que habría de justificarlo todo. Después de reconocer lo que ese tránsito tiene de farsa, a la buena recepción hoy le cabría como única tarea suspender ese deslizamiento hacia la profecía y denunciar la falsa ingenuidad. Tal vez así, y al margen de la fascinación del personaje, recordado muchas más veces por el papel representado en la comedia que por su obra, se podría reconocer que esa deriva a favor del viento reinante venía reclamada por un público que inconscientemente había asumido la irrelevancia de la reflexión enclaustrada todavía en la academia y enfrentada ya sin poder a las nuevas fuerzas pseudo-políticas de naturaleza intelectual o militar. Pero de ningún modo se trata sólo de que la catástrofe ligada a Heidegger proceda del público que reclamaba una figura eminente para la legitimación de su grito (que desaforadamente exigía a la par el dominio violento sobre lo extranjero, incluida su aniquilación, y la propia seguridad de su madriguera burguesa), sino de si el propio fracaso de la filosofía en su última aparición épica resulta atribuible a un personaje –ciertamente a uno que vino a constatar biográficamente su inevitabilidad– o a lo extemporáneo del discurso mismo. Porque ciertamente la pregunta por el sentido del ser planteada por Heidegger como inicio y núcleo de su filosofía no sonaba contemporánea, sino antigua y trasnochada. ¿Pero lo era?

Con un golpe de efecto, en las cuatro primeras páginas de Ser y tiempo (1927) Heidegger recupera sumariamente el pasado de la pregunta desde Platón hasta Hegel y lo propone como el problema exclusivo y más actual de la filosofía, pero olvidado. De ese modo, se introduce él mismo en escena como evocador de la pregunta y continuador privilegiado. ¿Fue acaso ese eco que procedía del pasado el que catapultó a la fama una reflexión cargada de una dificultad casi inaccesible? ¿Se percibió en ese mismo eco, tintado de nostalgia romántica –el olvido del ser–, un esperado motivo de ruptura con la tradición moderna, definitivamente desencantada? ¿Percibió aquel lector contemporáneo de entreguerras en las figuras de la existencia y la muerte, planteadas filosóficamente en Ser y tiempo, otro remedo de salvación heroica que le alejaba de su malestar? En todo caso, Heidegger arrojó provocadoramente contra aquel lector contemporáneo la antigua cuestión en toda su extrañeza, recuperando su actualidad perdida al margen de la tradición moderna. Seguramente, la apelación al ser surgió ya inicialmente contra dos dogmas contemporáneos de la Ilustración: el carácter lógico-analítico de verdad científica, representado por la tradición liberal anglosajona, y la utopía marxista, representada por la tradición socialista. Heidegger se apartaba así por igual en ese primer tercio del siglo de Wittgenstein y Lukács. La pregunta por el ser, planteada con insistencia retórica al principio de su obra, resultó doblemente reaccionaria al revelar un sentido ajeno por igual a la ciencia y a la política. Definitivamente, la Ilustración moderna tenía que pasar por un examen previo, del que eventualmente podría salir suspendida: aclarar en qué consiste ser. Esta pregunta, acompañada de su sugestivo carácter, se volvió emblema de la filosofía en aquella actualidad. Pero, ¿qué constituía lo más específico de la misma, su carácter antimoderno?

Si bajo su comprensión habitual el término ser aparece en toda su obviedad remitido a la esfera gramatical (lingüística) o a la puramente material de las cosas, Heidegger adelantó una respuesta extraña: el tiempo inherente a la categoría verbal no tiene sólo un carácter gramatical, sino real y efectivo. Por lo mismo, bajo el término ser no hay que sobreentender un significado lingüístico o un concepto, sino lo inherente a la misma cosa tal como aparece. Bajo esta premisa, la cuestión del ser rompió un sobreentendido de la filosofía moderna, que confinaba su significado a la lógica o a la dialéctica revolucionaria. Lejos de eso, el ser aparecía simplemente como lo anterior, sin reglas que garantizaran su presencia. Ese carácter indescifrable e intratable por cualquier método, lo remitía a una esfera inquietante, de la que pese a todo tenía que hacerse cargo la filosofía. Y Heidegger se hizo portavoz de su propio encargo, abriendo un camino que enfrentaba a la razón moderna con su propia inseguridad.

Ochenta años después de aquella primera obra, ¿a qué lector le cabe decidir hoy sobre lo contemporáneo o extemporáneo de la pregunta por el ser, vuelta ya después de Heidegger una mera fórmula retórica identificada con su nombre?, ¿se puede atender sin más a la pregunta desde la obra del filósofo después del caso Heidegger? Finalmente, ¿se puede encontrar tras tantas pantallas quién lea al Heidegger desmitificado, que no debería ser ya ni el ilustrado ni el anti-ilustrado?

Más allá del personaje y su intento inicial, la propia obra de Heidegger traza en su pretensión la historia de un fracaso. Ya Ser y tiempo, de 1927, es la exposición de un programa no sólo incumplido sino incumplible. El proyecto no fracasó porque quedara inconcluso, sino que emergió ya intencionadamente como tal. En efecto, ¿podía esperar Heidegger una respuesta a la pregunta por el ser más allá de un adelanto provisional? Lo más decisivo de ese libro mayor, que destruía una Tradición a la que simultáneamente elevaba a su cumbre más alta, surge seguramente desde la perspectiva de hacer aparecer de forma expresa el fracaso de la cuestión del ser, pero siguiéndolo paso a paso. Algo así como si el técnico de fotografía nos mostrara a la luz el proceso del revelado químico de una imagen, que fatalmente nunca llegaremos a ver, precisamente porque se ha realizado a la luz. En la medida en que la cuestión del ser se puede exponer, deja de ser. Pues bien, tal vez Heidegger llevó a la forma de obra escrita, no ya la cuestión del ser, sino la de su dejar de ser, pero haciendo de esta exposición la cuestión misma de la filosofía. El lector que afronte hoy este aparente juego se encontrará expuesto a dificultades, la primera de todas relativa a esa aparente incongruencia, pues, ¿para qué el intento de exponer algo si justamente la exposición lo invalida? Otra dificultad para el lector residirá en reconocer si todo el trayecto de Heidegger resulta errático como consecuencia de ese problema inicial. ¿Cómo se puede explicar la intención y naturaleza de esa incongruencia? En todo caso, en ella se vislumbra lo más original y extraño de la obra de Heidegger. También lo más sospechoso, que lo persigue desde el comienzo.

En nuestra propia fotografía –a su vez siempre en trance de velarse– el fracaso que hace aparecer Heidegger se plasma en dos estratos: la imposibilidad de una construcción teórica del mundo y la falacia de una reconstrucción histórica del tiempo. La exposición de este doble fracaso margina consecuentemente a las dos tradiciones herederas de la filosofía: la científico-natural, cuya certeza resulta cuestionada desde un punto más original, y la histórica, de corte hegeliano-marxista, cuyo sentido de la sucesión explicable desde un concepto posterior aparece como una mera construcción derivada (cuando no retórica). La cuestión del ser, localizada tradicionalmente en la naturaleza (la esfera del objeto) y la historia (la esfera del sujeto), queda más allá de cualquier doctrina. Objeto y sujeto aparecen sólo como máscaras de lo que no se puede mostrar. Con Heidegger se clausura esa imagen de verdad natural e histórica, pero en unos términos tan originales que peligrosamente casi llegan a reponer a la clausura y lo no-mostrable como sustitutos de la verdad, elevándolos así al máximo rango filosófico, pero cuando ya no queda nada por tratar. El reiterado anuncio de las ruinas de la filosofía, proclamado con insistencia por quienes ligaban su final a una transformación práctica y revolucionaria del mundo, se denuncia en Heidegger como ruina del propio anuncio, que pese a todo pretendía aparecer como principio y guía del ser.

Si en la modernidad desde Descartes a Hegel, a través de un recorrido ya más destructivo que constructivo, ese principio contemporáneo estuvo llamado a ser de una u otra manera la conciencia o el yo, bajo cualquiera de sus formas (el individuo, la clase, la sociedad), la propuesta radical de Heidegger lo entierra en una nueva (anti)-figura filosófica extraña al sujeto: la existencia. Definitivamente, signifique lo que signifique tras tantos análisis –el sublime del propio Heidegger en Ser y tiempo y el de sus exégetas– esa figura se convierte en el sepulcro del yo. O más certeramente expresado: en la revelación de que la conciencia o el yo constituyen una cara más, sólo inicialmente privilegiada, del propio ser, cuya naturaleza resulta in-exponible. Se podría decir que un descubrimiento parecido fue el iniciado por Freud, e incluso por otros, como Husserl –el análisis de la intencionalidad– o incluso Saussure (para quien la lengua constituye sólo la cara explorable del inexplorable lenguaje) en ese incierto comienzo del siglo XX, pero no se entendería del todo la originalidad de Heidegger. Después de todo, Freud continuó considerando como principio a un yo, aunque estratificado y desestructurado, del que forma parte natural su realidad patológica –justamente debida a esa imposibilidad por aparecer estable en un estrato determinado–, mientras que Heidegger abandona la arquitectura del yo y reconoce, en su lugar, otro origen, que a su vez resulta in-exponible y hasta in-interpretable. En realidad, más que del yo o de un origen del mismo que queda atrás, se trata de la pura existencia: lo que desiste en la medida que quiere persistir. Se suspende en esa singularidad implícita de toda situación el problema de la relación y fijación de sujeto y objeto, igual que el éxito de cualquier construcción teórica acerca del mundo o de sí mismo, porque ya la mera fórmula sí mismo, tan cara a la representación del Idealismo de Hegel, se vuelve un simple fantasma. Este abandono del sí mismo tras su reconocimiento fantasmal señala indefectiblemente una clausura, interpretable como senda trágica, pero cuando la tragedia ya se ha diluido en la novela del tiempo perdido. Si quizás todavía Proust, como de nuevo también Freud y otros, sobreentienden la narración como redención –y así incluso puede aparecer el tiempo recobrado o la curación–, Heidegger, ligando la situación del hombre contemporáneo a la de Prometeo o Edipo (pero todavía sin complejo), recobra el antiguo sentido de la tragedia en la que no cabe reconciliación. La cuestión es si no cae así en la farsa de toda repetición. Ciertamente la Trágik del hombre es que no hay identidad posible o, lo que es lo mismo, que en el aquí vulgar y cotidiano de la situación existencial se juega en cada momento todo lo que hay, pero no como resultado del enfrentamiento objetivo al dios o la necesidad, sino a la mera disparidad fragmentaria de la subjetividad. La elevación extemporánea del hombre (que sólo bajo la pura apariencia somos nosotros mismos) a un punto de consideración trágico y heroico desde su papel absoluta y asumidamente vulgar, acaba elevando a principio no ilustrado esa diluida subjetividad moderna que se infiltra así clandestina (y no ilustradamente) por todos los resquicios, buscando a su vez su instante de protagonismo y heroicidad. Aquí reside tal vez el equívoco de la Trágica si previamente no se ha reconocido que la tragedia no puede ser moderna, porque moderno sólo puede serlo el yo (y su ruptura y decaimiento). Antes que Heidegger lo vieron el propio Descartes, Shakespeare y hasta Cervantes, quienes además lo percibieron atormentado y fracasado, siempre más próximo a las pasiones o al acomodo que a la clarividencia de la luz, pero todavía en el conflicto entre la salvación y la perdición. De lo contemporáneo incluso se ha borrado ese conflicto moderno y su restablecimiento trágico-filosófico puede acabar, cuando no ya surgir, en el artificio. No se puede suplantar al trágico héroe griego (o en todo caso, cabe hacerlo como Joyce con Ulises). Sólo cabe escenificar la fórmula griega a la luz de sus ruinas: no es Edipo, sino el complejo de Edipo, el que diluye al trágico héroe en la farsa del protagonismo de cada cual.

Y sin embargo, más allá del error de la Trágica heideggeriana, desde el descubrimiento del yo vulgar de cada caso (falso héroe, además de peligroso) hasta su consecuente comprensión existencial a partir de la estructura del tiempo, se encuentra lo más alto de la filosofía de Heidegger, su logro y su éxito, que sin embargo nos devuelve al punto de partida, a la pregunta por el ser, pero en un horizonte (definitivamente el contemporáneo) en el que no existe vía, ni segura ni insegura, que se pueda transitar. Ciertamente, los caminos de Kant, como también anunció otro autor del tiempo de Heidegger, ya no son transitables: “¡Felices los tiempos para los cuales el cielo estrellado es el único mapa de los caminos transitables y que hay que recorrer, y la luz de las estrellas única claridad de los caminos!”. Heidegger, más allá de la bella y todavía romántica convocatoria de Lúkacs, reconoce que no hay camino filosófico que conduzca al umbral del ser, excepción hecha de que el propio umbral y el camino mismo se interpreten como el ser. Pero lo de camino se vuelve así una nueva figura que aúna a un tiempo el principio de busca con lo buscado. O lo que es lo mismo, que reconoce que no hay nada que buscar o que la certeza se identifica exclusivamente con el propio tránsito. Pero, ¿hacia dónde? Como único recurso (tal vez romántico, tal vez con vocación permanente de post-) resta apuntar a un camino de bosque cuyo adentrarse en la espesura y oscuridad de la selva vuelva a ilustrar de nuevo la disolución del camino como solidaria de la disolución del propio yo y de la propia búsqueda. Pero el restablecimiento lúcido de una figura cargada de metáfora –el camino– sin mostrar previamente su carácter de mero recurso literario descriptivo, vuelve a llenarla de exotismo a la par que a devaluarla en su interés filosófico. Y eso al margen de su éxito, pues pocas nociones en el argot de Heidegger han tenido más fortuna que la de caminos, reproducido en títulos, traducciones, trabajos, etc. Pero cuando en la modernidad el método –el camino– ha conducido a la destrucción de la propia selva y ha disipado toda oscuridad que no sea producida (anteriormente había que producir la luz), el recurso a la figura del camino corre el peligro de volverse un mero reclamo turístico, único horizonte donde todavía guarda un sentido (publicitario, desde luego) lo de caminos intransitables y desconocidos. Sólo como un eco del lejano y ya mítico pasado resuena la diosa que advertía al joven en el Poema de Parménides de las vías que podía tomar. Allí al menos –y por eso la tragedia era real y no subjetiva– cabía el error que te precipitaba al abismo. Aquí, el camino mismo, cualquiera, se ha vuelto el propio abismo, y además nada trágico. Y Heidegger continúa de todos modos haciendo filosofía en ese abismo –la filosofía del ser, la naturaleza inquietante de la cosa–, de la que ciertamente sabe que no cabe esperar ningún resultado que no sea transitar por ella. El hombre que marcha, de Giacometti, evoca la imagen más próxima a ese transitar sin origen ni final, pero igual que en la escultura, el hombre contemporáneo, lleno de complejos, parece hacerlo en la inmensidad del desierto urbano o el erial del museo, desde luego sin aventura ontológica. Tal vez ya siquiera sin aventura crítica ni política, a diferencia de la gran tradición ilustrada.

Pero Heidegger persiste, el itinerario de la mente hacia Dios (ahora hacia el ser, ya sin mente ni Dios) no contiene hoja de ruta, y eso es precisamente lo que lo hace fundamental: sólo queda el puro trayecto, pero desposeído de orden y sucesión, un camino permanente, sin paradas – sin Ítaca a la que llegar, puro intermedio. ¿Y cómo reconocer y devolver en ese horizonte sin señales un sentido, que a mayores es el del ser? Hacerlo, atribuyéndole un contenido determinado, sería algo así como restituir el antiguo principio metafísico, fuese cual fuese su nombre –substancia, sujeto, voluntad–, pero no hacerlo sería detener la filosofía. En esa ambigüedad culminante se desarrolla el Heidegger que viene después de Ser y tiempo, obra que, por encima de su propio intento, y sobre todo leída casi un siglo después de su redacción, no comienza sino que concluye una tarea. Heidegger alcanzó allí un supremo descubrimiento: el trayecto sin itinerario, o lo que con otros términos se puede llamar la pura sincronía, el trayecto sincrónico (la temporalidad frente al tiempo). ¿Resulta eso posible, cuando el sentido normal identifica trayecto con desarrollo? Si el Idealismo alemán, al menos en una de sus versiones potentes, de la que también nace Heidegger, se puede caracterizar como la propuesta por identificar absolutamente la diacronía con la sincronía, la historia con la estructura, el tiempo con la lógica, en Heidegger se vislumbra el intento por romper la oposición o, más sutilmente, por trasladarla a uno de los lados –por descontado, al sincrónico-. Esto se traduce en su fórmula fenomenológica (que es la más trágica, sin que sea necesario apelar a ese título), que se puede transcribir así: hay historia, pero ésta no se encuentra detrás, como pasado que se pueda recobrar, ni delante, como proyecto que se pueda calcular. Ni siquiera en un presente absoluto, sino simplemente aquí, donde la noción misma de presente se disipa en cuanto quiere aparecer como tal, sepultada por esa historia que se encuentra inefablemente, y sin posibilidad de reconstrucción completa, en la operación de cada instante. Y no ya en nuestra operación subjetiva y vital, sino simplemente en el simple y puro acaecer del instante –tiempo–, imposible de ser localizado en una cadena sucesiva o significativa. Hay historia, así pues, pero no hay sucesión reconstruible conceptualmente. La filosofía de la historia es una falacia a la que no le cabe conocer ni anunciar acontecimiento alguno, precisamente porque el acontecimiento en cuanto tal –si no, ya no lo es– no se deja anunciar. El lenguaje, las imágenes, los sobreentendidos, las diversas localizaciones (reales o imaginarias), las situaciones en su conjunto y en su detalle, se resumen siempre en un indefinible universo anterior que no resulta organizable en ciencia alguna, sino que en todo caso acontece sin pauta, recomendación ni jerarquía, y dibuja en cada momento lo que hay, como si en ese mismo momento toda la historia se encontrara tras nosotros y decidiera. Naturalmente –eso lo ve bien Heidegger– esa totalidad se presenta sin contornos precisos, a veces tranquilizadora, a veces amenazadoramente, pero en ambos casos trasluciendo un horror más allá de cualquier reconstrucción geométrica. Esa totalidad, que no puede aparecer bajo una figura completa, es el pasado. Por eso mismo es también el presente, en el que simplemente ocurre, sin plan ni aviso previo que no sea aparente, lo que llamamos futuro. Y esta traza o puro significante –mezcla de lo que bajo el imperio de un orden entendemos como sucesión de pasado, presente y futuro, pero que nunca se presenta así– es el que hay que descubrir como fenómeno, pero sin apelar a una lógica, que siempre sería derivada. Si toda historia (de lo que sea, desde la del propio individuo a la del grupo o la sociedad) sólo resulta practicable fenomenológicamente –y eso significa siempre de modo fragmentario–, pues el aquí es irrepresentable, el análisis ha de suspenderse. En esta encrucijada –continuar por el lado del análisis, buscando uno más refinado que el de la ciencia (es decir, uno con propósito de saber y no meramente de operar) en el que acabaría diluyéndose la filosofía, o tomar opción por el de la filosofía– se puede situar retrospectivamente a un Heidegger que eligió la segunda alternativa, pero constituyéndola a su modo e introduciéndose así por la vía más incierta y hasta sospechosa: no filosofía de la historia, según una burda reconstrucción lógica que se hace siempre desde después, sino poética de la historia. Esta fórmula señala la renuncia de Heidegger al análisis para adentrarse por la vía de la descripción, que le lleva a una reinterpretación del mundo y, acaso, del tiempo. Toda la obra posterior a 1927 se puede incluir, con logros y mayores sombras, en esa poética que lo es a la vez de la historia y de la propia filosofía. La cuestión clave no reside en que Heidegger encuentre en la poesía la verdad que no le da la lógica (eso es trivial), sino que pretende una poética que constituya una reinterpretación de la propia lógica, es decir, del valor de la construcción del pensamiento, reconociendo su atadura a la visión de lo que hay. Para el intérprete, no obstante, se deben suscitar inmediatamente dos dudas: qué es lo que propiamente hay y quién lo ve. Esta duda viene a resucitar el viejo problema de la relación entre el objeto (lo que hay) y el sujeto (quien lo ve), pero ya a la luz de su disipación. De esa extraordinaria, pero seguramente también burda Poética, queda excluido el análisis para quedarse en una descripción cuyo resultado, paradójicamente, si se tomara sólo como uno propio del análisis, sería tal vez certero, pero que tomado como lo que es – resultado de un pensamiento que previamente ha renunciado a la construcción de un concepto y se ha abandonado a la imaginación – resulta, en el mejor de los casos, pintoresco, cuando no simplemente falso o profético.

El cuadro de los zapatos de la campesina de Van Gogh no puede constituirse –para empezar, como se nos ha dicho ya, porque él mismo es una representación y no la realidad– en una descripción del mundo del trabajo y la biografía mistificada del esfuerzo campesino, casi a semejanza de cómo en el polo opuesto el arte socialista pretendía representar en clave realista y con registro heroico el trabajo fabril. El templo griego tampoco vale como ese privilegiado espacio intermedio entre la tierra y el cielo –los mortales y los inmortales–, porque él mismo se encuentra ya irremisiblemente identificado con la representación turística y es ajeno al presunto mundo del que procede. Más próximo a lo griego, si se puede decir así, se encuentra el chiringuito de souvenirs que se planta delante del tempo en ruinas que las mistificadas ruinas para alimento turístico. Aquello, por lo menos, no tiene pretensión de aparecer como verdad, y en su pretensión de aparecer como tal, las ruinas revelan su realidad (falsedad) de decorado. Pueden ser asunto de turistas, pero no del filósofo, como no sea para denunciarlas. En definitiva, en su pretensión de remitir la obra de arte a su origen, ciertamente Heidegger consigue arrancarla por un momento al dominio de la Estética moderna, que la ha convertido en un tipo de objeto determinado (el objeto bello) y mercantil, pero para retrotraerla a la imposible esfera de la poiésis griega, eludiendo así su verdad intrínseca, que no es la del artesano griego, sino la de una mercancía más en el circuito del mercado industrial y comercial. En otra de sus elecciones temáticas, la arquitectura, el filósofo vuelve a pontificar sobre el habitar, denunciando la pérdida de su esencia. Resulta cuestionable el tono, siempre ambiguo, sobre todo cuando previamente no se había cuestionado la posibilidad de detener el bombardeo que arrasaba ciudades, y hasta se había potenciado esa posibilidad, siempre bajo la convicción de que la victoria no conllevaría las ruinas de lo propio, sino sólo de lo extraño, como un remedo falsificado de la lucha del griego contra el persa. ¿Qué verdad se esconde en denunciar filosóficamente las nuevas construcciones aceleradas de la postguerra como simples cobijos extraños a la esencia de habitar? Esa esencia –bien lo evidencia también Heidegger en su escrito– se había perdido, y no en un momento concreto de la historia ni tampoco como resultado exclusivo de una actuación específica, la de Hitler o Stalin, o la de todos los que fueron sus compañeros en la convicción y la destrucción, e incluso los adversarios de éstos (pues todos participaron de la catástrofe). Se había perdido desde el momento en que justamente se reparó en la cuestión de la esencia abstracta, por encima del simple ser de cada cosa, de cada casa. El habitar –y eso es lo más verdadero de lo que dice litúrgicamente Heidegger por debajo de su bella historia sobre la figura de la casa y el puente– resulta imposible y no habrá futuro que lo rescate, igual que ningún futuro devolverá a los salvajes que conocemos por la etnografía su tierra y su cielo, sus aguas y sus dioses, tampoco sus crímenes. Eso lo sabe Heidegger tan bien como el etnólogo y el etnógrafo, pero esconde míticamente lo perdido en la bella figura filosófica de la pérdida de la filosofía, de la que hace tema. Heidegger nos vuelve así a confundir con la identificación entre lo perdido y la pérdida misma. A ésta última, llenándola de sentido y evocación positivos, la utiliza como contenido estructural de su Poética. Pero al recuperar con esta retórica de la esencia –de la obra de arte, del habitar, de la pérdida– un nuevo lugar para la filosofía (el lugar de la pérdida), enmascara de nuevo la irrebasable distancia entre la víctima y el que reflexiona a distancia, instalado también de modo seguro y clarividente en el Hotel abismo –en el caso de Heidegger, cabaña-.

El punto más litigioso de la Poética de Heidegger se encuentra aquí, en la verdad o falta de ella que expresan sus descripciones del sentido, sus oposiciones, que son a la vez las que diluyen lo más amargo de la filosofía: que ninguna de las figuras que resulten de una descripción puede ser verdadera, precisamente porque lo son de una descripción que se sobreentiende por encima de cualquier condición y de cualquier mirada.

¿Miró Heidegger? Tal vez vio lúcidamente, hasta el deslumbramiento, pero de nuevo se hace preciso preguntar si miró. Vio que una oposición entre la tierra sobre la que se asienta todo y el cielo por encima constituye lo más relevante de la estructura de una cosa –por encima de su mera identificación con sus límites físicos– pero no identificó esa visión como una mera estructura conceptual, porque eso hubiera significado seguir reconociendo algo así como un papel a la subjetividad teórica, por dañada que estuviera. No percibió así que el reconocimiento de esa estructura, independientemente de que fuera un resultado constructivo de la reflexión, diluía más efectivamente la propia estructura del sujeto (al desentrañar lo opaco del objeto o la cosa en una trama de relaciones) que su propia evasión del sujeto bajo la convicción de ver algo constituyente de lo real –la relación tierra/cielo– sin tener en cuenta la mirada que, de todos modos, siempre ha elegido ya previamente lo que hay que ver. Pues, ¿cómo se pueden reconocer con independencia los constituyentes verdaderos de lo real si éstos no proceden de la mirada o el concepto? En su mayor logro filosófico-poético, Heidegger sobreentiende un ver y elude la inevitable intención de la mirada, como si esa intención contaminara ya la visión del ser. Desde su propio pensamiento, sin embargo, desde aquel lejano Ser y tiempo, sabía que la mirada ya interpretaba todo, antes incluso de que algo apareciera ante los ojos y pudiera ser visto. En ese sentido vuelve a traicionar un presupuesto de su obra, que ningún resultado que proceda de una descripción deja de serlo de una elección.

En un momento determinado de la obra de Heidegger se produjo seguramente una huida (tal vez desde su mismo comienzo) que se llenó de clarividencia heredada y de sombras adquiridas por el camino. En lugar de mantenerse en el amargo discurso de lo negativo, que constituye la mejor versión de la filosofía después de Kant y Hegel, pretendió, a veces tímida y a veces grandilocuentemente, imponer un discurso lleno de contenido positivo, y falso por eso mismo. Muchos de sus mejores resultados ulteriores habrían ganado relevancia filosófica de no sobreentenderse una ontología implícita, que –bien debería saberlo él– por ser implícita, no podía ser verdadera. Porque la verdadera ontología, y eso procede paradójicamente también de su obra y cosecha, es la que se pone delante para desmontarse a sí misma, reconociendo precisamente los límites de toda fenomenología: que todo lo que se ve no es lo que hay –las cosas mismas– sino algo inmediatamente falso, pero que tiene que revelar su falsedad. Y esa tarea –ingrata – es tal vez la que le quede a la filosofía, despojada de discursos construidos sobre esto y aquello –sobre el mundo o el yo– para mantenerse en la meticulosa y analítica destrucción de lo dado (lo visto) a partir de una mirada segadora que sabe de antemano que ninguna visión, salvo la producida en el reiterado trabajo de desmontaje, vale. Que no hay ontología positiva es en realidad un resultado de la mejor lectura de Heidegger, como lo es el reconocimiento de que la poesía tiene una validez trascendental (como condición de posibilidad de decir), pero no trascendente (como discurso válido sobre algo). Otro resultado es el reconocimiento de que lo que se da en llamar historia no es un desarrollo reconstruible lógicamente, sino un corte que se nos ofrece completamente a nosotros, los herederos, en toda su concreción y crudeza, a fin de descifrarlo en su sincronía, pero no en su imposible desarrollo. Éste es también el lúcido Heidegger que sin embargo se hace trizas a sí mismo cuando reconoce, aunque sea lejanamente, aunque sólo sea evocadoramente, que cabe algo así como otro comienzo. Habría que preguntarse: ¿a partir de qué? Porque si se parte de algo, según su propia descripción fenomenológica, ya no puede haber otro comienzo. Comienzo sería tal vez detenerse en lo irremediable, lo que hay, y mirarlo –fijar un límite al tiempo entre un comienzo y un final, al que podemos llamar historia– tratando de reconocer tal vez no qué es el ser, sino qué ha pasado, en lugar de anticipar proféticamente futuros que presumiblemente también serán catástrofes, precisamente por anticiparlos. En lugar de esa consecución futura, más decisiva resulta aquella interrupción del tiempo pergeñada en su obra cumbre bajo el término existencia, donde el tiempo es el tránsito obligado a cada paso, pero no el tránsito obligado a otra época.

Heidegger llena toda esa ambigüedad que lo hace a un tiempo frágil y poderoso, clarividente –precisamente cuando reconoce las sombras que constituyen lo que se ve– y oscuro –cuando le devuelve a las sombras la categoría de principio de la filosofía-. En esa permanente auto-desfiguración se juega la obra de Heidegger, sobre todo en su nivel retórico.

Así, la cuestión Heidegger no pasa ya, eso es seguro, por condenar ni justificar al personaje por su error nazi. Heidegger no fue marxista ni un pensador de izquierda. Seguramente fue emocionalmente anti-demócrata. Pero reprochar eso como falta histórica o defecto personal sólo conduce a encubrir las cosas, que son mucho más desagradables de lo que cualquier aspecto biográfico pueda importar. Si hubiera que relacionar al personaje con su obra, invirtiendo el actual desequilibrio a favor del personaje, ciertamente no habría que olvidar su reaccionarismo radical ni su filiación, pero tampoco que el reaccionario profundo que buscó de modo muchas veces folclórico su refugio rural en la tierra natal, pensó y describió filosóficamente como ningún otro la ausencia de lugar, el desamparo y la intemperie total de los que ninguna patria puede salvarnos. Tampoco habría que olvidar cómo el reaccionario fue también responsable de demoler la tradición reconociendo su interna falsedad y sugiriendo que sólo a partir de ese reconocimiento sería posible pensar y decir en el futuro una palabra, aunque de entrada haya que renunciar a que esa palabra anuncie algo nuevo. Heidegger no fue un poeta, tampoco un político. Sin embargo, la ejercitada mezcla imperfecta de política, poesía y filosofía creó un personaje anómalo, culminación de una tradición falsificada, contra la que de todos modos se revolvió, descubriendo en la luz de su verdad el potencial para conducir al error. El nazi Heidegger que no pudo ser marxista, desmontó esa misma noción de verdad, aunque paradójicamente él mismo elevara de nuevo a verdad pseudo-poética la catástrofe que le tocó vivir y hasta protagonizar.

Pese a todo, de su lectura podría surgir un lector –porque antes de la lectura no hay lector posible– que aprendiera a reconocer la brutalidad que hay sin elevarla estéticamente como él a una realidad heroica que diera sentido a la vida y a la historia. Para ese lector de Heidegger, el sentido del épos tendría que encontrarse más bien en el silencio de la interpretación de casi todas (no todas) las páginas de Ser y tiempo y un puñado más de escritos. Allí, más allá del personaje y de una obra indisociable en su momento del personaje, se encuentra el lugar de un posible lector cuya ideología (es decir, cuya mentira) no le impida de antemano leer su obra como sospechosa de esconder un peligro y le permita, de ese modo, descubrir un error.

Entretanto, más decisiva resulta la cuestión de saber si ese intérprete-lector tiene todavía un lugar o si la posibilidad de su figura ya se ha borrado definitivamente. También Heidegger sigue siendo lúcido para dirimir esa cuestión. Quizás no sea ya la cuestión del lector, sino si ya contemporáneamente ha pasado el tiempo mismo de la lectura de las obras filosóficas. En parte y a la vista de eso, como señal de un final, también se escribió con seguridad Ser y tiempo.


Vía: fronterad.com

sábado, 3 de septiembre de 2011

Enrique Dussel: Tercera sesión de la Cátedra Extraordinaria sobre Walter Benjamín.

Ahora con la presencia del Mtro. Juan José Bautista Segales (Bolivia).




Sesión 3 from Carlos Paizanni on Vimeo.

viernes, 2 de septiembre de 2011

Un pedacito de Filosofía con niños

La experiencia del Instituto Buenos Aires (de Isidro Casanova, Bs. As. Argentina), da cuenta de un espacio en el que los chicos debaten y ponen en juego los saberes que los circundan.




Hiperindividualismo y cambio de época







Pablo E. Chacón

La ensayista italiana Michela Marzano, en su libro "Programados para triunfar", pisa el terreno otra vez para explorar el mundo del coaching, la gestión empresarial y la autorrealización según los protocolos definidos por el hiperindividualismo contemporáneo.

El libro forma un tríptico con sus dos libros anteriores, "La pornografía o el agotamiento del deseo", editado por Manantial, y "La muerte como espectáculo", como éste, también publicado por el sello Tusquets.

Marzano nació en Roma en 1970. Se doctoró en filosofía con una tesis dedicada al estatuto del cuerpo humano, y cómo determinadas prácticas afectan la subjetividad y cómo las concepciones de la moral y la ética.

"Programados..." ilumina parte de la escena actual, dominada por una filosofía hedonista (la otra cara del nihilismo) que entiende al poder no como un capítulo de la historia de la disciplina sino como un beneficio de la permisividad: una jaula de oro.

"Asistimos hoy a lo que se llama en la jerga epistemológica a un `cambio de paradigma`, que puede dar vértigo, pero que se muestra extremadamente seductor", dice la especialista.

Y agrega: "Del modelo `paternalista`, según el cual la autoridad religiosa, moral o política podía interferir constantemente con la libertad de los individuos en nombre del bien o de la prevención del mal, hemos pasado a un modelo `individualista`".

Según indica ese dispositivo, "nadie puede determinar su concepción del bien mejor que el propio individuo y por lo tanto, lo que quiere o no quiere hacer".

Así las cosas, la autenticidad, el voluntarismo y la autonomía son las vigas maestras de este edificio. En otras palabras: es el paso de la sociedades disciplinarias a las de control -en el sentido de Gilles Deleuze; un control `permisivo`.

No por nada, Marzano sostiene que la comunidad como lazo social no existe más que como un conjunto de individuos, un atomismo de facto donde lo que prima es el interés (individual, generalmente económico).

Por cierto, sus críticos creen que la pensadora sospecha que hubo una edad de oro que jamás existió (y que suele confundirse con el apogeo del estado benefactor, desde la posguerra hasta la primera gran crisis del petróleo) cuando los países industrializados se sumaron a las vanguardias políticas, artísticas y culturales.

Puede que eso sea cierto, pero también es cierto que el culto a uno mismo no se sostiene más que por poco tiempo. Para resistir una industria prospera desde al menos quince años, cada día de manera más sofisticada: terapistas, coachs, expertos en conducta, conductas, modales, imagen, predicadores de un desierto que no para de crecer.

El otro costado de ese desarraigo, sexual, religioso, político, ideológico, cultural, es la exacerbación de la violencia de clase: audiovisual, gratuita, misógina, da igual, aunque el fundamento sea el mismo: la disparidad de los privilegios.

Marzano -que trató ese tema en su libro anterior, una suerte de espectacularización de la intimidad- vuelve a poner el dedo en la llaga: el héroe del tercer milenio es el gestor empresarial, el líder, el personaje capaz de conquistar un mercado hostil antes que un continente o el polo norte o un desierto.

Con un problema nada menor, y que también es de época: suicidios, depresiones, fatigas crónicas, aburrimientos, desolación objetiva; como si el crack-up que tan bien describió Scott Fitgerald pudiera apoderarse (y quebrar) a los triunfadores de una época sin épica.

Al llegar a este punto, la investigadora pareciera estar divirtiéndose. ¿Cómo se construye un empresario de servicios, un hombre de éxito? En el reino de la libertad, también existen las coerciones.

Marzano cita la revista Management: "`Un buen jefe es el que tiene suficiente confianza en sí mismo para llegar a mostrar la confianza que tiene en sus equipos y manifestarla individual y colectivamente`".

La pregunta va de suyo. ¿Es posible una organización colectiva que funcione sin una minuta mínima de control, orden, jerarquías, estímulos materiales, líderes? Las preguntas retóricas, que son las preguntas de la mala fe, ya vienen con respuesta.

No, dice la italiana, no es posible. Pero sí es posible que los desniveles sean suturados por la confianza, un inmaterial que hace del lazo social una construcción frágil, siempre al borde de la implosión.

La suposición de la teórica italiana es que esa confianza no se sostenga en el terror o la seguridad extorsiva: un ejército de gestores también vende hipotecas impagables, lo cual hace que el ciudadano se vea obligado a discriminar entre los vampiros y quienes bajo el interés genuino, todavía sostienen una solidaridad, mínima pero responsable.


Víua: telam.com.ar

Educación media pierde la ética y la lógica





Por Daniela Pastrana

MÉXICO, ago (IPS) - "Es un crimen que el Estado renuncie a los aspectos humanísticos en la educación", dijo el filósofo Gabriel Vargas Lozano, al criticar la reforma del sistema impuesta por el gobierno de México, que incluyó la eliminación de las materias filosóficas de los programas del bachillerato.

La Reforma Integral a la Educación Media Superior, también conocido como bachillerato y que abarca los tres últimos años de los seis de enseñanza secundaria, unificó en su contra a la comunidad filosófica.

Es que cambió las tradicionales asignaturas ética, lógica y estética por otras de "contenidos filosóficos" como "construcción de ciudadanía".

Más de 250 filósofos y otros intelectuales locales y del exterior firmaron un documento de rechazo de la reforma dirigido al presidente de México, el conservador Felipe Calderón, al ministro de Educación, Alonso Lujambio, y a los diputados y senadores.

"Nuestro país requiere una educación sólida, equilibrada de la técnica, la ciencia y las humanidades para lograr que los jóvenes se preparen adecuadamente para los retos del futuro y al margen de la violencia que hoy nos embate", se indica en la carta hecha pública el 8 de este mes y firmada por el estadounidense Noam Chomsky, el argentino Mario Bunge y los mexicanos Luis Villoro Miguel y León Portilla, entre otros.

El tema, empero, fue desplazado del debate público debido a hechos de violencia que sacudieron al país en las últimas semanas, como el cruce de balazos afuera de un estadio del norteño estado de Coahuila, en momentos en que la televisión transmitía un partido de fútbol, y el incendio provocado por un grupo criminal en un casino en la nororiental ciudad de Monterrey, que mató a 52 personas.

"La educación debe ser un tema que esté en el centro de la atención nacional, tanto como la economía o la violencia", dijo a IPS el director del Instituto de Investigaciones Filosóficas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Guillermo Hurtado.

La UNAM, la universidad estatal más grande del país, es responsable del grueso de los alumnos de bachillerato de la capital mexicana a través de los institutos de nivel medio superior bajo su administración. Con base en su autonomía, rechazó sumarse a la reforma, que, empero, ya se aplica en el resto de los subsistemas dependientes del Ministerio de Educación en todo el país.

El ministerio del área certifica otros 16 subsistemas o tipos de bachillerato de carácter autónomo, que incluyen también centros de enseñanza tecnológica, preparatorias privadas y escuelas rurales. La reforma plantea, precisamente, también crear un sistema nacional que homologue a todos con un programa de estudio común, mucho más orientado a lo técnico.

"Los jóvenes de estos subsistemas también tienen derecho a recibir una educación que les proporcione herramientas para tener un aparato crítico, más allá de la reparación técnica", señaló a IPS José Alfredo Torres, profesor del Colegio de Bachilleres, donde ya se aplica la reforma.

En 2012, México tendrá el bono demográfico (crecimiento de cantidad de jóvenes) más alto de su historia, según las estimaciones del estatal Consejo Nacional de Población.

De los 6,8 millones de mexicanos y mexicanas que hoy tienen entre 16 y 18 años (edad de bachillerato), 2,9 millones están fuera del sistema escolar, mientras que 600.000 de los matriculados desertan cada año, según los datos más actuales del Ministerio de Educación.

Eso pone a la enseñanza media en primer lugar en deserción escolar en el país, pues cuatro de cada 10 jóvenes que inician el ciclo no lo terminan. La Encuesta Nacional sobre Discriminación en México 2010 muestra que casi 42 por ciento de los adolescentes que dejaron de estudiar lo hicieron para trabajar.

Esta reforma educativa impulsada desde 2009 por el gobierno de Calderón busca homogeneizar los planes de bachillerato y adecuarlos a las necesidades del mercado laboral. Para ello eliminó ética, lógica y estética, sustituyéndolas por "construcción de ciudadanía".

Las autoridades insisten en que es un tema de pertinencia, para vincular la academia a las necesidades de los empleadores, pero que no se pretende eliminar la filosofía como tema de estudio, pues sino por el contrario, hacerlo "transversal a todas las materias".

"Es como si nos dijeran que la educación física es tan importante, que ya no será necesario que los chicos en la escuela tengan una clase especial impartida por un preparador físico y que, por eso, la van a tener repartida en todas las clases cuando hagan ejercicio para alzar la mano o levantarse al pizarrón", dijo, irónico, Hurtado.

Académicos mexicanos, que crearon el Observatorio Filosófico de México para aglutinar las acciones de rechazo a la reforma, explicaron que las autoridades firmaron en 2009 un acuerdo secretarial (el 488) en el que establecieron que no habría cambios a los programas. Sin embargo, ese acuerdo hoy es letra muerta, afirmaron.

Hurtado lamentó que en la cobertura de prensa que se hace al ministro de Educación se preste más atención a sus pretensiones presidenciales que a los temas sustantivos de la enseñanza en un contexto de emergencia por la violencia, que ya dejó en el país más de 40.000 personas muertas, 10.000 desaparecidas y 700.000 desplazadas de sus hogares desde diciembre de 2006, según cálculos oficiales y de organizaciones civiles.

El reclutamiento de adolescentes para las bandas criminales es un fenómeno que en el último año escandalizó a los mexicanos, con casos de niños involucrados en secuestros o asesinatos.

La Segunda Encuesta Nacional sobre Exclusión, Intolerancia y Violencia en Escuelas Públicas de Educación Media Superior, en 2009, dio que 38 por ciento de los estudiantes consultados perciben la escuela como un lugar peligroso.

"Estamos viviendo una crisis sin precedentes en el país y es terrible que los jóvenes carezcan de una formación humanística", señaló a IPS Carmen Trueba, vicepresidenta de la Asociación Filosófica de México.

Para Vargas Lozano, coordinador del Observatorio Filosófico, la reforma se enmarca en una política educativa empresarial que busca eliminar la enseñanza humanística. "¿Cómo vas a hablar de valores si eliminas la materia de ética?", graficó.

"El primer cañonazo que derribó el muro de las humanidades fue en 2008, cuando se planificó la reforma, y el segundo es el que está empezando ahora", comentó el filósofo. (FIN/2011).

Enlace

Vía: ipsnoticias.net

jueves, 1 de septiembre de 2011

Michel Foucault, ni ángel ni demonio





Luis Roca Jusmet



Empecé a frecuentar la lectura de Foucault a principios de los 80, de la mano de Miguel Morey. En aquella época tenía poco criterio filosófico y buscaba un guía intelectual. El discurso fascinante de Foucault me resultó, en este contexto, apasionante. Pero la verdad es que mi lectura de Foucualt estaba limitada a entrevistas, artículos y a pocos libros. Nunca pude con “Las palabras y las cosas” y “La arqueología del saber”, lo reconozco. El excelente libro de Valentín Galán editado por Virus Vagos y maleantes. Michel Foucault en España desarrolla una análisis muy riguroso de la recepción del filósofo francés en aquellos años- Luego me olvidé de él pero quedó grabado en mi imaginario personal de una manera bastante intensa.

Posteriormente volví a su lectura por diferentes motivos. Por una parte por mis estudios sobre las concepciones modernas de la locura y la medicina. Estos textos me parecen fundamentales para quien quiera estudiar el tema : son muy sugerentes y aportan muy buen material. Sí que el estilo resulta a veces demasiado barroco y la retórica algo abrupta, pero nadie es perfecto- También me interesó su planteamiento sobre el poder. Aquí sí pude comprobar que Foucault hacía bastante trampa al intentar justificar lo injustificable. Quería dar continuidad a un planteamiento que no lo tenía : había pasado de una crítica radical del poder a una separación entre un poder aceptable y otro inaceptable, sin una autocrítica de por medio. Esta es al menos mi opinión. También comprobé que toda la parafernalia sobre el antihumanismo no tenía demasiado sentido porque era una discusión bastante retórica. Que en su momento criticara un determinado humanismo ( básicamente el del personalismo cristiano) estuvo bien pero no tenía sentido anatemizar esta palabra. Finalmente he vuelto a Foucault por la lectura de Pierre Hadot sobre la filosofía como forma de vida a partir de los textos clásicos. El debate Foucault-Hadot aobre el tema me pareció apasionante. Pero este último Foucault, por mucho que él también lo niegue, poco tenía que ver con los anteriores-

He leído últimamante dos libros en francés, no traducidos, que son respectivamente una apología y una degradación de la persona y la obra de Foucault. El primero es de Paul Veyne (Foucault. Sa pensée, sa personne. París: Livre de poche, 2008). El libro, escrito por el historiador y amigo de Foucualt, tiene un sentido apologético que no me gusta. Foucault aparece totalmente idealizado, tanto personal, como filosóficamente, como políticamente. Con la metáfora del samurai aplicado a Foucault elabora una especie de halo de guerrero del espíritu, implacable y certero, muy forzada. Alguna anécdota, como la que explica su sorpresa al verlo con una mujer, ambos con un kimono, la verdad es que roza el ridículo. Lo define como un intempestivo nietzcheano, un escéptico y un incorformista, calificativos que como veremos son en el primer y tercer caso bastante discutibles. El libro es ligero, en general ( salvo en capítulos algo fuera de lugar, como el de Heidegger) pero no aporta nada importante para el conocimiento de Foucault ( del que ya tenemos la rigurosa biografía de Didier Eribon). No vale demasiado ni como introducción ni como reflexión, dado su carácter poco crítico. Lo cual no quiere decir que sea una lectura inútil, hay también algunos elementos sugerentes, como la inscripción de Foucault en la tradición escéptica i algunas reflexiones puntuales que van apareciendo a lo largo del ensayo.

El segundo libro es de Jean.Marc Mandosio, profesor de latín nacido en 1963, y se titula Longevité d'une imposture. Michel Focaul ( París : Editions de l'Encyclopedie des Nuisances. 2010). Este libro forma parte de una saga con la que reconozco que no tengo ninguna simpatía. Se trata de los que intentan denunciar la impostura de determinados autores de culto. Empezó con el inquisitorial Victor Frías con Heidegger y continuó con el libro de Sokal i de Bricmont. El primero me pareció que tenía un estilo inquisitorial, propio de un comisario político. En el segundo me resultó más tramposo que lo que denunciaba, al seleccionar textos parciales y fuera del contexto de los pensadores que criticaban. Ambos me parecían también algo oportunistas, al ir dirigidos a un público que quería sangre y que esperaba ver como desmenuzaban a las presas. Con este libro, en parte, pasa lo mismo. Faltan los matices. Esta bien desmitificar a Foucault pero no al precio de una degradación política, filosófica y personal total. Hay que reconocer que Mandosio ha trabajado el tema y la crítica, aunque sea discutible, es consistente. Es cierto que Foucault no es un imtempestivo como pretende Veyne, ya que en muchos casos más bien parece seguir las modas y modos del momento : se afilia al PC sin convicción, se vuelve antiinstitucional después de mayo del 68 y se codea con los maoístas, se ofrece para trabajar con el Partido Socialista cuando aparecen otros vientos... Es antiinstitucional manteniendo sus cargos académicos... ¿ Impostura ? No me atrevería a decir tanto, ya que la impostura es una descalificación total. Sí contradicciones que lo vuelven más humano que el pretendido samurai que se imagina Veyne. Seguramente mucho culto a la personalidad gracias a estos círculos de incondicionales que sólo buscan un guru al que adorar. S´fue un “manadarín” en este sentido, como critica Mandosio, y parece que le gustaba. Otra cosa son las críticas, que quieren ser demoledoras, a su trabajo teórico. Para Mandosio es una banalidad con superficie brillante, un discurso reversible por su ambigüedad. No estoy de acuerdo. Me molesta tanto la arrogancia de Mandosio como la que critica de Foucault. En algunas cosas tiene razón pero esto lo único que pone de manifiesto es el carácter ambivalente de su obra, que no debe ser venerada y sobre la que debe hacerse una lectura crítica. Pero se nota demasiado que la voluntad de Mandosio no es la de hacer una lectura critica y matizada sino la de derrumbar un ídolo y esto la convierte en muy parcial y tendenciosa. Sí firmaría totalmente dos críticas radicales de Mandosio. Una a excesos retóricos, aunque discrepo con él porque que lo que hay detrás si tiene un contenido consistente que hay que recuperar. La otra referida a la deriva de algunas de sus posiciones políticas. La primera es su apoyo a Jomeini, que fue un escándalo justificado para los opositores laicos que entendieron mejor que él lo que vendría. Pero sobre todo por entrar en el nefasto discurso de la justícia popular directa de sus amigos maoístas. Desgraciadamente el movimiento juvenil de Mayo del 68 se materializó en el peor dogmatismo izquierdista, sobre todo el caso de los maoístas. Foucualt no supo mantener una postura crítica y coherente delante de este lamentable fenómeno: no fue aquí un intempestivo, como afirma Veyne, y se dejó arrastrar por esta moda falsamente radical.

Lo que fue el personaje Foucault tampoco, finalmente, importa tanto. Sus escritos si son una caja de herramientas, como él mismo quiso. Este es el valor de su escritura, la de decir y sugerir ideas interesantes sobre muchos temas. Con sus errores, por supuesto. No es un sistema, por suerte y no funciona en términos de o todo o nada, como pretenden los apologistas y detractores de Foucault.

Quiero por último hacer una referencia al texto complementario del libro de Mandosio, titulado Foucalphiles et foucaulâtres, con el que pretende ridiculizar a los seguidores de Foucault. El texto es, por supuesto, muy parcial y referido básicamente a Francia. ¿ Que ha pasado con los foucaultianos españoles ? Aparte de muchos intelectuales influenciados por él en su mometo, como ya señala Galán, hay cuatro grandes seguidores de Foucault en nuestro país a los que quiero referirme. Uno es Miguel Morey, coherente en su trayectoria de pensador maldito, uno de cuyos eslabones básicos y originarios fue la influencia de Foucault. Otros dos son los soiólogos Julia Valera y Fernando Álvarez-Uría han seguido fieles, desde su visión crítica de las instituciones a la herencia de Foucault ( y también de Robert Castel, al que Mandosio ignora en su libro porque no entra en el paquete que le interesa). Pero interesa sobre todo el caso de nuestro Ministro de Educación, Angel Gabilondo. Es un caso curioso porque llegó como profesor poco oficilaista a la Rectoria de la Complutense por el apoyo estudiantil. Una vez en el poder ( el gran tema foucualtiano) se ha ido adaptando sin tensiones aparentes a la gobernabilidad socioliberal y a la corrección política. Sería un argumento a favor de Mandosio, lo reconozco, en el sentido que las herramientas que ofrece Foucault pueden ser utilizadas en sentidos contrarios y su discurso es perfectamente reversible. Es posible, pero sigo manteniendo que para un lector de izquierdas la lectura de Foucault le puede reportar elementos de análisis muy potentes. Que cada cual decida.


Vía: rebelion.org

"Correspondencia entre Rudolf Bultmann y Martin Heidegger 1925-1975"


Antonio Piñero


El libro que comento esta semana me ha impresionado en su relato aparentemente sencillo de la cotidianidad de dos personalidades geniales que han moldeado en parte la Europa de nuestro tiempo. Y es enriquecedor el contacto con estos genios, aunque en ocasiones estén hablando de asuntos que parecen poco trascendentes. Y es estremecedor, para quien conoce o barrunta un poquito el ambiente de seriedad intelectual en el que desarrollaron los trabajos de la Universidad en Alemania, qué conjunto de personas excepcionales se encontraron en una pequeña ciudad como Marburgo antes de la funesta Segunda Guerra Mundial.

Hice una brevísima referencia a este libro cuando lo recibí desde la Editorial Herder (Barcelona 2010; traducción, buena de Raúl Gabás; ISBN: 978-84-254-2651-3), pero ahora hago un comentario más pausado, transcurridos unos meses y cuando he dispuesto de tiempo para leerlo en un hueco del verano. Tiene 398 pp., un buen monto de notas aclarativas; un prólogo y una excelente “Introducción” de los editores, Andreas Grossmann y Christof Landmesser, que aclara muchas cosa. Las notas son explicativas de verdad en cuanto a los pormenores que se van hilvanando en las cartas y que sin tales aclaraciones no se entenderían.

Mirando hacia atrás, en esta correspondencia van pasando ante la mirada del lector, tantos y tantos personajes grandes, que los conocemos por su obras o por la menciones bibiliográficas repetidas… que uno explica la fecundidad de la vida de estos dos tipos geniales, Bultmann y Heidegger: aunque empedernidamente solitarios, estaban rodeados de individuos de altísima altura intelectual; tenían con ellos frecuentes contactos; se oían y leían mutuamente; se criticaban ácidamente, pero sin faltar al respecto y sin entrar en el terreno personal, distinguiendo perfectamente entre lo que es tema de discusión científica y lo que pertenece al ámbito de la intimidad.

En una palabra, la lectura de este libro ha sido para mí enriquecedora, emocionante y un tanto melancólica. Tengo la impresión, casi la certeza, como muchas otras personas, de que nuestra civilización de la imagen y de las prisas nos ha arrebatado el gozo del intercambio epistolar y con ello el del enriquecimiento en profundidad de nosotros mismos, y a través de nosotros y de nuestros correspondientes, del entorno en el que vivimos.

Heiddeger y Bultmann se encontraron en Marburgo, como catedráticos de Filosofía y de Nuevo Testamento respectivamente durante cinco intensos años. Se entabló entonces una amistad de fondo, muy crítica, y con vaivenes que duró 50 años. Una amistad llena de respecto mutuo. Heiddegger admiraba el criterio insobornable de Bultmann, y por parte de éste el respecto se manifestaba por el deseo, y la práctica, de entender a fondo el pensamiento filosófico de su amigo para hacerlo fértil en su propio trabajo de filología/teología.

Estaba convencido Bultmann de que la filosofía existencialista era el camino y el sistema que podría servir para actualizar el modo de recepción en el mundo de hoy del ideario religioso del Nuevo Testamento, es decir de lo que él creía q era un mensaje verdadero de Dios a la humanidad pero revestido de un ropaje mítico, insufrible hoy día, que –eliminado- dejaba en su núcleo una verdad trascendental: Dios hace una llamada al ser humano a través de Jesús y el hombre debe responderla. El modo de entender la llamada y la respuesta se expresa en Bultmann con ideas e instrumentos de la filosofía existencialista de Heidegger.

Por tanto, en estas cartas, junto con temas, y cotilleos, de política universitaria, se trata una y otra vez de la cuestión de las relaciones entre filosofía y teología.

De este libro de correspondencia se deduce por un lado –como escriben muy acertadamente en la “Introducción” los editores- que la personalidad y el influjo de Bultmann en la universidad, y en la ciudad misma de Marburgo, eran muy notables. Cuentan que Leo Spitzer (romanista, hispanista, crítico literario austríaco), al despedirse de la ciudad en 1930, se había preguntado "¿Qué es Marburgo?”. Y había respondido: “¡Marburgo es Rudolf Bultmann1”. Es impresionante que un teólogo pueda ser así caracterizado.

Por su parte, Hans-Georg Gadamer, el rey de la hermenéutica bíblica y cristiana, que era estudiante de teología en la universidad manifestaba por aquellos días entre 1925 y 1930, que el encuentro con Heidegger era impactante: “Era un evento elemental”. Y lo fue no sólo para él personalmente, sino para toda la sociedad de aquella pequeña ciudad. Heidegger era el causante de un clima de energía espiritual condensada, acompañada de una fuerza sencilla en la expresión de las ideas y de una misma sencillez radical en el planteamiento de las cuestiones candentes. Heidegger llegó a ser también otro rey, pero secreto, del pensamiento de Marburgo y ese rumor atrajo a la brillante joven Hanna Arendt.

Gadamer sostenía también que Marburgo se convirtió en aquellos años en un lugar con “temple espiritual revolucionario”, lo mismo en la teología protestante que en la filosofía. La llegada de Heidegger a la ciudad, como profesor, y su encuentro con Bultmann marcan el preludio a este diálogo de 50 años que se presenta en el libro que comentamos, un singular diálogo eminentemente productivo entre filosofía y teología en el siglo XX, con repercusiones que siguen hasta hoy día. Por eso se ha publicado esta “Correspondencia”, porque es un documento vivo de este encuentro y de sus frutos.


Vía: tendencias21.net

La pareja indestructible: Heidegger, la política y las mujeres.

A partir de la correspondencia entre el filósofo alemán y su mujer, Badiou y Cassin retoman la “cuestión Heidegger” y analizan su relación con la política y las mujeres.

POR PABLO E. CHACON

A mediados de los 80 del siglo pasado, “la cuestión Heidegger” ocupó buena parte de las discusiones del revisionismo histórico europeo debido a la adhesión del pensador a la causa nacionalsocialista; rector en 1932 de Friburgo, desplazó, silenciosamente, al candidato para ese cargo, Edmund Husserl. Casi setenta años después, las mutaciones en la producción y la información son notables; el muro de Berlín se resquebrajaba tanto como el “socialismo real”. En pocos años, la URSS no existía más, ni sus satélites; la reunificación alemana, pilotada por Helmut Kohl, repuso discusiones entre intelectuales (Habermas, Nolte) sobre el pasado mediato e inmediato y cómo construir –con ese pasado– una ciudad futura. El fantasma de Heidegger atravesó la discusión: ¿se trató de un colaboracionista, un cobarde, alguien que escuchó en los tambores el advenimiento de las condiciones para el develamiento del ser, “olvidado” y recuperado por la lengua alemana, supuesta heredera de la griega? La controversia atravesó fronteras, y repercutió en Francia, donde Emmanuel Faye y el chileno Víctor Farías descartaban, sin revisar a fondo, la importancia de la filosofía del alemán, en contraposición a un grupo que no ignoraba su posición política pero que produjo un trabajo de deconstrucción de su obra, concluyendo que no existía una relación axiomática entre la vida del filósofo con su filosofía –o con lo que esa filosofía autoriza como práctica. Ese grupo estaba compuesto por algunos de los discípulos de Jacques Lacan, fallecido en 1981. Derrida, Nancy, Bourdieu, Lacoue-Labarthe, Lyotard, los filósofos Alain Badiou y Barbara Cassin, fueron de la partida. Al contrario de Pound, Drieu La Rochelle, Brasilach, Céline, o Montherlant, escritores, Heidegger era un filósofo, y había sido funcionario; en consecuencia, su responsabilidad no se reducía sólo a la caricatura que construyó Thomas Bernhard: “un ridículo burgués nacionalsocialista en pantalones bombachos”.

Pero el tema, periódicamente retorna. Y retorna porque esos escritores tuvieron contactos más o menos asiduos con los nazis, como los tuvieron Jung, Sibelius, Hamsun o Karajan, aunque decían despreciar esa ideología milenarista y esoteroide. Pero deducir de un pensamiento una acción política que le corresponde automáticamente, supondría, por ejemplo, que la “dictadura del proletariado” de Lenin, es capaz de anular el análisis del capital de Marx. El alma bella piensa por generación espontánea, sin historia ni determinaciones. Pero ni Badiou ni Cassin, autores de Heidegger. El nazismo, las mujeres, la filosofía, son almas bellas.

Elfriede y otros amores

En 2005 se encontraron que Gertrud Heidegger, autoriza la publicación de la correspondencia entre sus abuelos, Martin y Elfriede, que dio a conocer, se supone, purgada de ciertas cartas. Enterada por Elfriede que Jorg, su tío, no era hijo del filósofo sino de una amante de su abuela, Gertrud pide a Jorg un posfacio, que éste accede a escribir, donde cuenta que Elfride (protestante, jamás aceptada entre los Heidegger, a los 14 años lo había enterado hijo de quién era). En el prólogo, es Gertrude quien se hace eco de las conversaciones con la nona, una matrona antisemita que a pesar de todo, se acercaba más de lo que creía a las cocottes de los años locos: un amor menos atado a la tradición, cuya representación soberana compusieron Sartre y Simone de Beauvoir, o Zelda y Scott Fitzgerald.

Pero París era la capital del desenfreno. Y un pueblo alemán, una especie degradada, provinciana y conservadora. Elfride estaba al tanto de la relación de su esposo con Hannah Arendt y con una cantidad de alumnas, algunas lo visitaban en la cabaña de la Selva Negra, donde el hombre, al parecer, no sólo se dedicaba a la tarea del pensar sino también a la práctica del fornicio, cuando la esposa dormía. El culebrón, sin embargo, sólo es un culebrón.

La pregunta que genera Heidegger… es: ¿qué importancia filosófica y política tienen las cartas para dedicarles un libro, después del prólogo pedido por Gertrud y prohibido por ella misma? El tiempo de correspondencia es extenso (de 1915 a 1970). En las cartas, la historia parece no existir. Se nombra a “los judíos” un par de veces, sin carácter despectivo. A los nazis, como “obtusos”. El rectorado, un logro académico antes que político. Durante la “revolución alemana” (palabras de Heidegger) se recupera la meritocracia antes que la obediencia debida, de la que el profesor es un exponente ejemplar. ¿Sería? La misión redentora sólo duró un año.

El trabajo saca a Heidegger de la depresión, hasta que es rehabilitado para dar clases: los aliados no encuentran razón para juzgarlo. Como profesor se ocupa de los presocrátricos, Platón, Parménides, y de los poetas, Holderlin, Celan, Trakl. Y de las alumnas, jamás sospechadas en su buena fe. Según Jorg son muchas, bellas, brillantes. Escriben Badiou y Cassin –como si se tratara de otros-: “Cassin y Badiou elaboraron entonces un prefacio titulado ‘De la correlación creadora entre lo Grande y lo Pequeño’, donde se ocupaban no sólo de la paradoja del gran filósofo extraviado en el nazismo, sino también de un aspecto muy llamativo de esa correspondencia, a saber: la relación con las mujeres. Con su mujer, Elfride, naturalmente, pero también con muchas otras de quienes, en el transcurso de su larga vida, había sido amante. Teníamos allí la figura de una pareja atormentada e indestructible”.

La palabra clave acaso sea indestructible. Como la selección incluye cartas del período 33-38, podría decirse que este libro es una suerte de llamado a pie de página que pone en juego, no sólo a Arendt sino a otras y al amor santo del filósofo por Elfride. El matrimonio como sacramento es menos importante que la fidelidad (y que las verdades contingentes). En ese punto, Heidegger se toca con Sartre y Elfriede con De Beauvoir. Ambos pensadores hacen existir la Unidad (o La Mujer) como un Amo que habilita la multiplicidad. La bendición con que sostienen a sus hombres representa la cara menos amable del amor.

La autorización de Elfride para publicar las cartas es tan “auténtica” como una burla a la inmutable verdad del ser encarnado en el Volk alemán, casi tanto como el testimonio del Castor en La ceremonia del adiós: Sartre, último dique contra el estructuralismo, es un títere incontinente, alcohólico, ciego. El semblante del poder intelectual sobrevive, pero entretanto el hombre esté vivo será también un lastre del cual mejor distraerse con jovencitas o megalómanos para los cuales el estado de Israel no hubiera existido nunca sin la shoah, sin una filosofía política precedida por un genocidio.

Este libro demuestra que la filosofía y la política lejos de complementarse, se suplementan: casi como el hombre y la mujer.

Vía: revistaenie.clarin.com

Simone Weil: la vida como metáfora

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Hablar de Simone Weil es algo que a la vez que una necesidad, tiene algo de desafío por la dificultad de precisar un lenguaje altamente complejo por la densidad de su significación, unido a lo fragmentario de su obra, obra que consta de abundante material, montañas de papel que Simone fue apilando, escribió prácticamente todos los días de su vida ya que hacerlo era también su otra forma de vivir. Registró así al hilo de su vida y no de una manera ordenada, en notas, aforismos, artículos breves cartas a menudo sin fechar, reflexiones muchas veces incompletas - sus múltiples preocupaciones: filosóficas, sindicales, políticas, religiosas y hasta económicas.
Esto hace que quien quiera acceder a su pensamiento se encuentre ante una tarea lenta y penosa. Lo que hoy constituye su obra es el resultado del orden posterior que introdujeron en ella posteriormente sus editores con el fin de publicar sus escritos. Por eso, a pesar de sus esfuerzos , no podemos dejar de tener la sensación de asistir a la conformación de un pensamiento vivo , no fosilizado en conceptos sino en transcurso hacia algo que siempre parece estar más allá y que se nos hace poderosamente atrayente. A Simone Weil hay que leerla a ratos, repetidos muchas veces en el tiempo. Se debe la debe leer , además, en contacto con nuestra experiencia vital en transcurso: en ese día a día, en que inmersos en nuestras circunstancias, nos toca vivir y que, a la luz de su palabra va adquiriendo, si persistimos en mantenernos en contacto, una profundidad que convierte , a mi juicio, su obra en una lectura apasionante de la que no terminamos de saciamos. No es fácil acceder a esta pensadora pero, una vez atrapados por la honestidad y certeza de sus intuiciones, no podremos, fácilmente, prescindir de ella, aunque nos perturbe.


Lo primero que nos llama la atención, en relación con Simone, es la radicalidad de sus opciones. Todo lo que hizo en su breve vida indica que nunca se mantuvo al margen de ninguna de las circunstancias históricas que le tocó vivir. En ese sentido Weil se asemeja muy poco al intelectual al uso que, distanciado por su inteligencia y, de alguna manera protegido así de lo que pretende analizar, actúa como un espectador privilegiado de aquello que para otros es padecimiento puro. Simone piensa para vivir y vive para pensar. En ella las vertientes teórica y práctica de la filosofía se vuelven prácticamente indiscernibles. Son correlativas. Así, tanto su peripecia humana, como su discurso filosófico se hacen coherentes y se entienden bajo la luz de una influencia mutua Como pensadora, Simone, se niega a la simplificación sistematizadora tan grata a nuestro deseo de respuestas claras, precisas y ordenadas para todo aquello que nos inquieta. Ella renuncia al “orden” y acoge a lo contradictorio y confuso como parte, no sólo de la vida, sino de su decir acerca de ella. Puesto que ese decir no es sino el registro de lo que es. Su discurso acoge un pensamiento en transcurso y por lo tanto, no teme a la contradicción que la reflexión encuentra en el pensamiento cuando hace, “inventario de la realidad”, simplemente la acoge y registra como parte de esa aprehensión de la realidad que el pensamiento busca, sin caer en la tentación de intentar resolverla lógicamente. Simone amaba a los filósofos que se negaban a ir en sus discursos más allá de sus certezas. Sin embargo, dicho esto, su palabra no es confusa ni contradictoria, tan sólo densa y oscura. Tremendamente sugerente y difícil.

La vida de esta mujer tan lúcida y tan poco eficaz a la vez, también se nos hará difícil de entender si justamente la medimos por el valor de la eficacia. Es, sin embargo, una vida con valor de metáfora de lo que fue su pensamiento esencial. En su vida vemos en acción esa frecuente constatación del límite que nos impone nuestra naturaleza y también su negativa utilizarla como coartada para la no intervención. Su ineficiencia como obrera de la Renault, su inadecuación y “fracaso” como profesora de filosofía, su torpeza como miembro de la columna Durruti, su obsesión por compartir las condiciones de vida de los más desfavorecidos cuyo acto final constituye su negativa a comer más que lo que podían permitirse los franceses de la Francia ocupada, opción que finalmente le produjo la muerte, nos muestran a una mujer que se tomó las cosas con una seriedad de la que no claudicó pese a la constatación creciente de la “inutilidad” práctica de sus acciones. Es esta radicalidad la que muchas veces nos asusta. Pero es también ese, su mantenido intento de vivir como experiencia lo que pensaba, y la excelencia de un pensamiento progresivamente enraizado en lo que ella entendió como real y, al que su continua “impotencia”, no hizo más que dotar de una luz que para nosotros los cristianos, debiera resultar conocida, lo que en definitiva, nos atrae en ella. Ambas notas: aparente inutilidad y persistencia en el deseo son las que conforman su pensamiento filosófico como una orientación válida siempre pero, especialmente en tiempos ingratos. La lectura de Simone Weil es para tiempos difíciles, de esos en que somos obligados a vivir, como diría ella, “fuera del consuelo de los cálidos baños”.

Simone Weil fue profesora, sindicalista, obrera, militante de diversos movimientos civiles pero, fue, sobre todas las cosas, filósofa. Para ella la filosofía es, como para los antiguos griegos, tarea de dilucidación de aquello que, de verdad, Es. Un quehacer que, como entendía Platón, orienta la totalidad del ser humano, no sólo su alma hacia lo que, traspasando la pura apariencia, entronca firmemente en la realidad.

Aquello que constituye lo real para Weil tal vez pueda resumirse en un breve aforismo suyo:“ Dos fuerzas reinan en el universo: la luz y la gravedad”. En esta frase tan breve se condensa su intuición filosófica

La gravedad es el movimiento propio de lo material (un movimiento hacia abajo) La ley que rige el movimiento de los cuerpos. Es también la característica esencial del modo de ser en el mundo, es decir de la existencia. La gravedad es lo propio de la naturaleza. En el mundo todo está sometido a las condiciones de este movimiento incluso la materia síquica del ser humano. La Gravedad es, por decirlo de otra manera, el otro nombre de lo que desde antiguo la filosofía llamó necesidad. Este concepto apunta a todo aquello que no puede ser de otro modo y que, por consiguiente, puede existir solamente de un modo. Lo real necesario (lo existente en el mundo) expresa así el encadenamiento de causas y efectos a lo que lo existente no puede sustraerse de ninguna manera. A este concepto fundamental se asocia el de fuerza; el aspecto que la necesidad adopta en el marco de las relaciones humanas, ese elemento que, a lo largo de la historia, resulta siempre necesariamente vencedor , puesto que traduce en el plano de lo humano ese movimiento ciego y mecánico que es el propio de la naturaleza.

El tema de la fuerza es desarrollado con gran belleza en el comentario que Weil hace de la Iliada o como ella dice, el poema de la fuerza. Poema que describe seres humanos que, o bien se dejan llevar por la embriaguez de su propia fuerza, o bien se ven obligados por la fuerza de los demás o de su infortunio. El alma humana es siempre débil frente a la fuerza. Bien la maneje, bien la sufra, la fuerza transforma al ser humano. Este nunca queda indemne. De ahí ese acento de incurable amargura del poema. Así nos dice:


“ …La amargura recae en esta obra sobre el único motivo justo que para la amargura hay: la subordinación del alma humana a la fuerza, es decir a fin de cuentas , a la materia. Una subordinación idéntica para todos los mortales, aunque el alma la sufra de diferente forma según el grado de virtud de cada cual. Nadie en la tierra se libra del ella. Pero ninguno de los que a ella sucumben es juzgado y contemplado por ello como alguien despreciable. Todo lo que en las relaciones humanas y en el interior del alma humana escapa al imperio de la fuerza es aquí, amado, pero dolorosamente amado, dado el peligro de destrucción que dolorosamente pesa sobre esa libertad…”

En el poema la humillación del alma bajo la fuerza no aparece disimulada, ni cubierta por una fácil piedad. La belleza de La Iliada, en última instancia, viene dada de la convicción que se trasluce en sus versos de que el sentimiento de la miseria humana es una de las condiciones de la justicia y el amor. Sólo es posible amar y ser justo, dice Weil, cuando se conoce el imperio de la fuerza y se es capaz de no respetarlo.


El concepto contrario al de gravedad, lo constituye eso que Weil llama luz. Este movimiento se asocia con el ascendente. El movimiento propio de las alas. Aquello capaz de elevar lo pesado, de hacer ascender lo grave, contraviniendo, así, el movimiento hacia abajo, propio de lo material. El pensamiento de Simone Weil fluye impulsado por el motor de conceptos contrarios como los que acabo de nombrar. Pero, esto no significa, dualidad simple ni maniqueísmo. Así como las alas son capaces de elevar el cuerpo todo, la gracia es capaz de elevar lo material transfigurándolo. La Gracia no hace desaparecer la necesidad propia de lo existente, no elimina la fuerza, pero sí puede conseguir una operación aparentemente contradictoria; que la materia “deje de ser lo que es sin dejar de ser”. Es decir, se eleve hasta otro plano más allá de lo natural.

Esta operación es algo que ocurre única y exclusivamente en el interior del ser humano al que se entiende como puente de unión de ambos polos, gravedad y gracia. EL ser humano pues, se constituye en el único “lugar” en que se hace perceptible lo que existe en el mundo y, a la vez, lo que aquí en el mundo existe “sólo como ausencia”. Lo humano es, pues, el espacio de la experiencia tanto de la necesidad y con ello, de la impotencia, como de la libertad, entendida como la capacidad de orientar su alma, única forma de libertad accesible al ser humano según la filósofa, hacia la ausencia de lo que se siente como una dolorosa y permanente hambre que el alma se niega a pretender saciar con lo que no es sino, ilusión de alimento. Es el hambre de bien-belleza y verdad absolutas. El alma bien orientada se negará a satisfacer ese alma con sucedáneos, o, al menos, tomará conciencia dolorosa de que estos no son sino falsos alimentos , de que en este mundo no es posible encontrar el alimento que sacie, de verdad , ese hambre. Es esta orientación del alma la que hará posible la apertura hacia la gracia.


Aquello que permite la toma de conciencia de este nuestro ser puente es por un lado, la experiencia de lo existente sentido en su máxima crudeza y, por otra , la atención vigilante que proporciona la inteligencia adecuadamente entrenada para descubrir los disfraces que nuestra imaginación inventa en su intento de encubrir esa dureza que nos duele. No hay manera más efectiva para que la ley del mundo, la necesidad, penetre en nuestro interior que lo que ella llama la experiencia de la desgracia. La desgracia “obliga a reconocer como real aquello que no creemos posible”. Nos hace tomar conciencia con el cuerpo y el alma del vacío, del límite, de la radical indigencia de nuestra condición. No se puede ser desgraciado sólo con el alma. Es el ser todo el que queda conmocionado. Ser desgraciados es Ver y sentir en toda su desnudez el movimiento de gravedad que nos rige y cuya necesidad debemos soportar a nuestro pesar. Vivir la desgracia, ese sufrimiento sin prestigio ni utilidad alguna, nos obliga a dejar caer el velo ocultador que nuestra imaginación pone sobre lo que realmente somos Estamos condenados a experimentar de manera constante la presión de la implacable necesidad sobre nosotros y sobre lo que nos rodea. Cuando caemos en la desgracia, no cuando la imaginamos, tomamos conciencia de todo aquello que condena al mundo y al ser humano a ser lo que es por más que imagine alternativas que lo consuelen.

La desgracia nos obliga a despojarnos de la ilusión de centralidad y eternidad que se ciernen sobre nosotros haciéndonos la vida soportable por más falso que sea. El último grado de la desgracia, el más penoso, es ese que deja al ser humano convertido en “pura materia” ya que su peso le quita todo tipo de energía sobrante, la necesaria incluso para poder realizar el proceso psíquico que exige el pobre consuelo de lo imaginario. En ciertas condiciones, aquellas en que se está abocado de manera incesante a la lucha por preservar la vida, como puede ser la que se sufre diariamente en una cadena de montaje como la Renault en los años treinta del siglo pasado, en un campo de concentración, o en situación de esclavitud, entendiendo la expresión en su más amplio sentido; ese estar atenidos en todo momento a la voluntad de otro, no permite mantener la energía sobrante que se traduce en pensamiento (lo esencial del ser humano). Los hombres y las mujeres no pueden ya en estas condiciones, sino reproducir la vida animal guiada a la satisfacción de las más simples de las necesidades materiales. Lo humano así, pierde incluso esa capacidad de orientación hacia lo absoluto de que hablábamos antes. En sentido estricto, el desgraciado, se convierte en materia, a menos que un proceso anterior haga capaz de hacer permanecer el alma correctamente orientada, algo para Simone Weil, extraordinariamente difícil bajo el yugo de la desgracia extrema.

La desgracia es arbitraria, impersonal, no nos elige; cae sobre nosotros de la misma manera que la luz; sin distinguir justos de pecadores. Es necesario añadir que, además, se institucionaliza colectivamente en la historia como una constante, fruto de la ley de la fuerza, por la cual, en condición de desigualdad , el más fuerte obligará al débil a aceptar siempre su voluntad y, de esa manera, el derecho del más fuerte se eterniza en condiciones que bajo distintas combinaciones reproducen siempre la misma desigualdad esencial. Dice Weil, a propósito, que” eso que solemos llamar justicia es siempre algo que se juega entre iguales”. En situación de desproporción lo que actúa es el derecho del más fuerte por más que se lo camufle con otros nombres más asépticos. La profunda admiración de esta filósofa por los griegos antiguos viene dada de que observa en su civilización esa distinción que su honestidad intelectual les llevó a hacer entre lo posible, entendido como lo natural y por lo tanto, entre lo necesario y lo justo,

Recordemos a Tucidides, el historiador
Los atenienses, en guerra contra Esparta pretendían que los habitantes de la pequeña isla de Melos, aliada de Esparta desde tiempo inmemorial y que hasta el momento había permanecido neutral, se uniesen a ellos. Ante el ultimátum ateniense, en vano los habitantes de Melos invocaron la justicia, implorando piedad en nombre de la antigüedad de su patria. Se negaron a ceder y los atenienses arrasaron la ciudad, mataron a todos los hombres y vendieron como esclavos a las mujeres y los niños. Entonces el historiador pone en boca de los atenienses estas palabras

“ no trataremos de demostrar que nuestro ultimátum era justo, tratemos más bien de lo que es posible…lo sabéis igual que nosotros; tal como está construido el espíritu humano, lo justo sólo se considera cuando hay igualdad por ambas partes. Pero si una parte es fuerte y la otra débil, lo posible es impuesto por la primera y aceptado por la segunda”

“Tenemos la creencia respecto a los dioses y la certeza respecto a los hombres de que siempre, por necesidad de la naturaleza, cada cual domina donde tiene posibilidad de hacerlo. No somos nosotros quienes hemos formulado esta ley ni los primeros en aplicarla; la hemos encontrado establecida y la conservamos, pues debe durar siempre y por eso la aplicamos. Sabemos también que vosotros, como cualesquiera otros, actuaríais de la misma forma si tuvieseis el mismo poder
”.
La justicia, entonces, es algo que en este mundo existe sólo como aspiración y constatación de su ausencia. “La Iliada”, Los Persas”, Las Troyanas”, obras que los griegos fueron capaces de escribir desde el punto de vista de los vencidos, son prueba de que aquellos hombres fueron capaces de resistir al disfraz que tantas veces teje el lenguaje sobre la realidad para hacerla de alguna manera” políticamente correcta”. Supieron llamar a las cosas por su nombre.

El criterio para la realidad en el mundo tiene, al fin, en Weil la forma de un aforismo . “ Lo real es duro y rugoso. Uno encuentra algunas alegrías en ello, pero no placer. Lo que es agradable es ensoñación."
Pero lo real no termina en lo existente. Es en lo humano donde se produce el tránsito de algo que es lo que rige este mundo, el decir la necesidad y, un atisbo de algo que aquí, en esta tierra, se vive sólo como ausencia, pero cuya necesidad se siente como real. Los seres humanos somos en este sentido puentes entre dos realidades; la de aquí y aquella a la que accedemos por la constatación en nosotros de lo que la filósofa llama hambre. Simone habla del hambre de bien, verdad y belleza absolutas como una constante de la condición humana. Su deseo de ellas nos marca por más inalcanzable que sea su consecución como realidades existentes.”Mientras no se ha comido, dice, Weil, ni siquiera es muy útil, creer en el alimento. "Lo esencial es saber que se tiene hambre. Por lo que sólo nos queda pedir y esperar.” Confundir los planos significa algo así como confundir utopía y realidad. En este mundo el bien absoluto es un imposible. Cuando actuamos, nuestra acción nunca será esencialmente buena, siempre, estará de alguna manera contaminada de mal. Nuestra intención siempre, al convertirse en acción, quedará teñida por la gravedad, esa pesadez que impone la necesidad, eso que antes hemos llamado “lo posible”. Es importante saberlo y aceptarlo .Los paraísos en la tierra son imposibles y cualquier intento político de obtenerlos estará abocado al fracaso. No será sino otra forma de perpetuar la fuerza. Es la aceptación de esta ausencia de verdad-belleza y bien absoluto de la esfera del mundo es lo que permitirá al ser humano inhibirse de actuaciones que pretendan contravenir esa ley y, con ello, empeñarse en hacer posible, lo imposible. No sería sino otra forma de crear más desgracia. Es esta constatación lo que la obliga, entre otras cosas, a denunciar el triunfo de la revolución rusa como una nueva forma de opresión. Fue de las pocas intelectuales de izquierda de la época que no se dejó engañar por el estalinismo y lo denunció desde el primer momento


La gracia, aquello por lo cual la necesidad, sin dejar de serlo, aparece como trasfigurada, se hace presente en aquellas condiciones en que la orientación del alma del ser humano está dirigida hacia el amor. El amor, como dirección es lo que hace posible la actuación de la gracia. Sólo entonces podemos evitar trasmitir el mal necesario. Sucede esto, cuando en una situación de clara desproporción de fuerzas, el fuerte es capaz de tratar al débil como a un igual. Hace posible también que en situación de desgracia, el ser humano no sea destruido y no se vuelva, así, un cooperador necesario del mal respondiendo a la ley por la cual” Uno devuelve lo que recibe”, de acuerdo a la “ley de la gravedad”. Sólo el amor puede impedirlo.

El amor en Weil tiene algunas características que es conveniente señalar para entender por que sólo a través de su presencia puede operar la Gracia, esa que impide la transmisión del mal aunque no pueda impedir su padecimiento. Su formulación es difícil pero tremendamente sugerente:

Amar es ser capaz de reconocer la existencia de lo que no somos nosotros. El amor tiene necesidad de realidad y renuncia a ser alimentado por la imaginación. Quien ama consiente en que otro, como tal, sea. “ Amar es consentir en la distancia, es adorar la distancia entre uno y lo que se ama"

Sólo desde esa distancia que renuncia a la fuerza y la fusión, podemos ver al otro como una existencia en sí misma y como tal, respetarla, o bien, empeñarnos en que sea preservada, cuando es el desgraciado quien se nos acerca.

Si se ocupa el lugar superior en una relación desigual de fuerzas la virtud sobrenatural de la justicia consiste en conducirse exactamente como si hubiese igualdad .”

Sabremos también ver en la desgracia que cae sobre nosotros, incluso en aquella que nos viene dada por mano humana la acción de la gravedad y aceptarla como parte de necesidad que rige el mundo Pero para ello es necesario haber abandonado los amores ilusorios y, también haber encallado en el límite doloroso de lo real-existente sin cerrar los ojos. Sólo desde aquí se puede resistir el sufrir el mal sin devolverlo obedeciendo a la ley natural. Sólo desde aquí también es posible algo mucho más difícil; el “pasarse al campo del vencido”movidos por un movimiento que se traduce en alas. Es la presencia de la Gracia.

Este proceso teórico práctico por el cual el ser humano se hace capaz de gracia es orientado por la inteligencia en su vertiente de atención y espera “ una suerte de silencio intelectual que de otra manera sería disfrazado rápidamente por esa tendencia a velar propia de nuestra imaginación, aquella que nos impulsa a abalanzarnos sobre las cosas sin esperar que se nos muestren para hacerlas ser lo que queremos que sean.” La atención es esa capacidad que consiste en suspender el pensamiento, en dejarlo disponible, vacío y penetrable al objeto que quiere conocer, manteniendo próximos al pensamiento pero en un nivel inferior y en contacto con él, los diversos conocimientos adquiridos que deban ser utilizados. Cuando el pensamiento, se precipita sobre algo queda lleno de forma prematura y no se encuentra disponible para acoger la verdad. La causa es siempre la pretensión de querer ser activos, de querer buscar”. Entonces lo que acude no es revelación sino imaginación. La gracia siempre es producto de la atención, de la espera, de ese mantenerse vigilantes sin dejarse seducir por la imaginación.


La atención permite, entonces, detectar aquellos elementos deformados surgidos de ese deseo de manipular lo real para hacerlo soportable y del cual la imaginación es la gran aliada Esta actitud de vigilancia es la que permite renunciar al deseo de pretender cambiar lo que es y, con ello nos capacita para el dolor y, éste, para lo que es fundamental en el pensamiento de Weil: la capacidad de amar lo que es tal como es. Es decir; aceptar la verdad y esta verdad es de las cosas que sólo se aceptan experimentándola una y mil veces. Será aquí donde se produzca también el punto de unión entre teoría y práctica de este pensamiento. El amor permite, por una parte el acceso a lo real y por otra, la renuncia al deseo de cambiarlo pero, también, articula una conducta guiada por la compasión, que es el resultado necesario de ese darnos cuenta. La compasión, esa capacidad producto de la gracia, por la cual el ser humano se hace capaz de algo que parece imposible: el poder padecer con otro y así elevarlo, ayudándole a conservar su humanidad.

“Aquel que trata como iguales a quienes la relación de fuerzas coloca por debajo de él, les hace realmente el don de la condición de seres humanos que la suerte les privaba. Reproduce a su nivel, en al medida en que tal cosa es posible para una criatura, la generosidad original del creador”.

Es lo que posibilita también, ese algo aún más difícil, el abandono de la seguridad en que la suerte nos ha puesto y pasarnos al campo del vencido para compartir su suerte por amor negándonos a hacernos cómplices de la desgracia institucionalizada.

Para la inteligencia el mundo aparece como un texto, cuya lectura no es automática. Para leer correctamente lo que el mundo, de verdad, es será necesario desembarazarse no sólo de aquellas trampas que la naturaleza pone en nosotros a través de la imaginación sino además, del velo insidioso que una civilización terriblemente alejada de los griegos ha convertido en una especie de segunda naturaleza en relación con nuestra forma de percibir lo existente. Será la atención la que ayude restituir a la lectura del mundo su verdadero sentido. Este proceso del conocer lo que es se hace diáfano cuando se nos manifiesta aquella antigua relación platónica que yace oculta. Bien-belleza-verdad, trilogía cuya relación no se sabe pensar ni explicar pero que no puede ser pensada separadamente.


El conocimiento como resultado de una lectura correcta de la realidad nos remite en derechura al eterno problema del lenguaje. Weil entiende que hay palabras ilusorias por más que sus efectos sean muy reales y palabras reales; aquellas capaces de enraizarnos, cosa sólo posible en suelo firme. La dinámica de la fuerza, presente como una constante en el juego de las relaciones humanas a través de la historia, está impulsada por palabras a las que ella denomina palabras- fantasma. Son aquellas palabras que permiten e incluso perpetúan la actuación de la fuerza porque la encubren. Cumplen la misma función que Helena en la guerra de Troya. Helena es la metáfora por la que se desencadena un conflicto real. Helena es el símbolo de esas palabras llenas de prestigio “-El prestigio, es realmente una fuerza, e incluso constituye, en última instancia, la esencia misma de la fuerza”, dice Weil, que nos llenan la boca y mueven nuestras emociones pero que no significan nada real. Son palabras tremendamente peligrosas porque tejen de irrealidad cualquier conflicto que no puede ser resuelto puesto que estas palabras, al ser ilusorias, no tienen referentes que permitan captar la realidad concreta y situarse frente a ella. Para Weil todas las palabras de nuestro vocabulario político-social son de ese rango: estado-nación-democracia-propiedad-autodeterminación-patria, etc. Su función es encubrir la realidad y absolutizar lo que no puede nunca ser considerado, bajo riesgo de impulsar la desgracia, sino relativo. El amor que provocan es ilusorio y la actividad a la que mueven no es sino aquella que responde a la eterna ley de la necesidad sin trasfigurar: la perpetuación de la fuerza.

Pero también hay palabras de otra índole; palabras enraizadoras, aquellas generadoras de vida, son las únicas que pueden articular la atención y la espera de lo que “no está” en el mundo .Weil las encuentra en las grandes tradiciones antiguas, sobre todo en la griega que contrariamente a la romana en quien vio la encarnación de la fuerza, le parece un semillero de vida. Las grandes religiones, el verdadero arte, aquella “leona herida” persa, por ejemplo, el folclore, las tradiciones populares.

Es enraizadora toda palabra que obliga al balbuceo al discurso oficial del vencedor, aquella capaz de articular el lenguaje del vencido, mejor dicho aquel que los vencidos articularían si les fuese posible, aquel que no sería una afrenta sino un acto de redención. Buscar, decir, enseñar hacer posible esas palabras sería así una de las grandes obligaciones de aquellos que poseen la cultura.


Quisiera terminar esta exposición haciendo referencia a través de dos episodios de dos grandes obras griegas a algo que Simone Weil consideró como paradigmático para estar de verdad en el mundo enraizados en lo real.

El primer episodio aparece en La Iliada y hace referencia a Héctor, héroe troyano, en el momento que marcha a la que sabe será su última batalla: la que librará con Aquiles, el héroe griego, ya que tiene la seguridad de ser vencido. Héctor simboliza el amor a la necesidad, eso que Simone llamó también “amor a la belleza del mundo”.Mientras se dirige al encuentro con su enemigo sabe que no volverá a gozar “del cálido baño” que su esposa Andrómaca, le ha prometido tenerle preparado para cuando vuelva al hogar. Lo sabe y sigue adelante negándose a imaginar la dulzura del baño en el hogar. Marcha lúcido y, por lo tanto con un dolor intacto que para los griegos era apertura a esa belleza del mundo, entendida como aceptación de lo que es, suprimiendo incluso el deseo de que no sea as y por lo tanto, la esperanza.. Héctor es un modelo en este sentido. En él está perfectamente simbolizada esa probidad de la inteligencia que se niega a transar con lo que no es.

El segundo episodio es el que protagoniza Antígona, la heroína de la tragedia de su mismo nombre. Según cuenta Apolodoro, cuando Creonte se hizo cargo del reino de Tebas dejó insepultos los cadáveres de los argivos, que habían pretendido conquistar la ciudad de los tebanos y habían perecido todos en el intento. Creonte no se limitó a prohibir bajo pena de muerte que se los enterrara, sino que además puso vigilantes en el campo en que yacían muertos los vencidos. Entre estos se encontraba Polinices, hijo de Edipo y hermano de Antígona, a quien su otro hermano, Eteocles, en defensa de Tebas había dado muerte y había muerto él mismo. La reacción de Antígona fue la de huir al campo de los vencidos, robar el cuerpo de Polinices, y enterrarlo en secreto. Este es el episodio que da pie a la Antígona de Sófocles. Ella es la hija de Edipo. Goza de la seguridad que le proporciona el ser sobrina del tirano de Tebas. Su suerte es la de los vencedores, pero llevada del amor hacia el hermano vencido que yace muerto e insepulto es capaz de, dejando de lado toda seguridad, abandonar el palacio y “actuar sin necesidad”. Por amor, Antígona elige compartir una suerte aciaga que no le corresponde. Simone hubiera dicho que esto es algo imposible sin la actuación de lo que ella llamó Gracia.

También Simone Weil, como Héctor se negó a dejarse consolar por la ilusión. Vivió el mundo sin coraza protectora dejándose penetrar por la desgracia de su tiempo para hacerse consciente y poder amar, así, sin ilusiones, es decir, amar de verdad su circunstancia y la de su tiempo .y es así también, que como Antígona se hizo capaz de hacer de su vida una huida consciente y obstinada al campo del vencido para, puesto que no podía evitarla, compartir, por amor, su desgracia.




Recomendación: Aquellas personas que quieran iniciarse en el pensamiento de Simone Weil es conveniente que lo hagan leyendo A LA ESPERA DE DIOS . Editorial Trotta.


Vía: andrabaltza.blogspot.com

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